Vicente Luy

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Jugando al Scrabble
Olga creyó que cerro iba con S.
Se empecinó.
Al final apostamos y le gané
la cola.
Después no la quiso poner
porque “eso se hace con amor,
y vos no me amás”.
Pero esta es casa de jugadores
acá las deudas se pagan.
Sabiéndolo, me ofreció otra mujer,
y la procura.
Se mete en todos lados y gestiona,
habla por teléfono, etc.
Mucho movimiento, pero
¡ya pasaron 2 semanas!
Hoy va a un curso de cosmetología.
Yo, mientras, a jugar al tenis.
“Por si no venís sola
te espero bañado”, le digo.
Sonríe, no se arredra.
Conociéndose, conseguirá
una cara bonita
que es lo único que exijo.
Ya la llamo “mi novia”.


(De ¡Qué campo ni campo!, 2008)



Lo que está mal está mal.
Pero lo que está bien
también está mal.
Charlalo con tus padres.-


(De Vicente habla al pueblo, 2007)



Caminé horas bajo la parra, junto a tu ausencia, hablando
de lo que fuere; enredaderas, ladrones de autos. Y si bien
reconozco que te parecés mucho al concierto número 22 de
Mozart, el tiempo igual pasa.
Tus cartas están en un cajón de mi escritorio, junto a un
huevo de pascua y la foto esa en la que tu vestido se parece
mucho mucho al concierto número 22 de Mozart. Pero ya no
las leo. ¿Para qué?
Vos en tu momento, yo en mi momento, ambos vamos a morir;
y las circunstancias serán sólo eso, circunstancias.

(De La vida en Córdoba, 1999)


Chica boba, serenose la mar.
Sus manos frías, las de ella, me entibiaron.
Besé sus labios. No su boca, sino sus labios.
Volví a ponerle el pelo sobre la cara y me metí en el baño.
Cagué y releí una Pelo del 78.
Volví a la pieza, puse una leg entre las suyas y me dormí.
Me soñé diciéndole:
"A veces me pongo el calzoncillo de un modo sexy, es
cierto. Pero es un tic; te juro que no lo hago para
seducir" .

(La vida en Córdoba, 1999)

Labio superior.
Labio inferior.
Capuchón.
Mi novia se afeitó la conchita.
Llegó con su vestido nuevo
verde manzana, los labios rojos
y florcitas en el pelo.
Compré una Heineken
y salimos al patio.
Hablamos de la vida.

(La sexualidad de Gabriela Sabatini, 2006)


FRAGMENTOS DE UN DISCURSO AMOROSO - ROLAND BARTHES

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La Conversación.

El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.


Novela/drama.

Los acontecimientos de la vida amorosa son tan fútiles que no acceden a la escritura sino a través de un inmenso esfuerzo: uno se desalienta de escribir lo que, al escribirse, denuncia su propia chatura: “Encontré a X en compañía de Y”, “Hoy, X no me ha telefoneado”, “X estaba de mal humor”, etc.; ¿quién reconocería en esto una historia? El acontecimiento, ínfimo, no existe más que a través de su repercusión, enorme: Diario de mis repercusiones (de mis heridas, de mis alegrías, de mis interpretaciones, de mis razones, de mis veleidades): ¿quién comprendería algo en él? Sólo el Otro podría escribir mi novela.



El mundo atónito.

 “Espero un llamado telefónico y esta espera me angustia más que de costumbre. Intento hacer algo y no lo logro. Me paseo en mi habitación: todos los objetos –cuya familiaridad habitualmente me reconforta-, los techos grises, los ruidos de la ciudad, todo me parece inerte, aislado, atónito como un astro desierto, como una Naturaleza que el hombre no hubiera jamás habitado”.


La escritura

Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura.

2 poemas de Ender Rodriguez

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Julia

                                                     ¿Por qué no
                                                     doctorarse en cremalleras
                                                     como lo hace la
                                                     hormiguita por tu espalda?
                                                      Joaquín Sabina


Tan grotesca como ella

Una extraña mujer
frágil y violenta
encantada bajo el poniente
alargada por el peso de las dudas
hermosa y decadente
como un rojizo pulpo
que apresado en la penumbra
se convierte en arco iris

Me encanta cuando se derrumba y estalla
como cien ferrocarriles enloquecidos
o como suele hacerlo cualquier conejo blindado

Me parece de lo más estupendo cuando se aplasta y esfuma
como un juego de ajedrez a medianoche
como un sofá impotente y macabro

Me resulta imprescindiblemente especial
escuchar sus berridos como auto callejero de circo
como mujeres errantes con su gatico azul

No quisiera estar con ella
hasta saber que sigue siendo mi hospital ambulante
eel torso del lobo que tanto me persigue
y mi autopista del mañana
como ese viejo sendero de los trasnochos del alma

Ojalá se convirtiera en ventilador
o en sacapuntas de terciopelo
volador

Yo todavía recuerdo aquellos tiempos
cuando sus labios chorreaban y aullaban
con tanta melodía
aquellas canciones que tanto molían mis entrañas

Ella entonces se convertía en crepúsculo
en mariposa de abril
en sutil ballena verde
en plataforma de mujer nocturna
pantorrilla de cobalto y de pliegues
sin costura

El otro día se le vio levantarse
por sobre los rascacielos
quemarse
extrapolarse y bailar
en lo oscuro de la vía principal de mi calle
en la guarida láctea de mi cosmos
eterno miserable

A veces
se molesta y estornuda
como si fuese un consejo de defensa empedernido
o como si fuese el encarnizado cuerpo de árboles
que perturban la atmósfera
cuando atacan y derrumban las industrias
o quizás cuando bombardean avestruces
con sus rostros de proyectil

Sigo esperando que su cabeza de fuego caiga
se estremezca y se rinda
como un oleoducto en lamento

Hoy en día puedo decir
que extraño su mala memoria
su escapulario de serpientes blancas
y sus besos de bronce
para mi feliz entierro

Me suele preocupar el no saber más
de esos momentos en que contábamos
hasta que murieran las aves
hasta que llegaras sin nombre a blasfemar y reír

con tanta perfección
en aquella tarde del Apocalipsis

Desde hace meses sueño encontrarla
hasta en la taza de café donde duermo

Cuando eso sucede
ella se acerca y adhiere
a la espantosa realidad de mi inconsciente
hasta llegar al refrigerador
de las paredes del espinazo
de ese alguien que me habita

Recuerdo tanto a los enemigos
y a aquel vecino que moría
cuando Julia en su deseo de apagar las llamas
atravesaba el desierto de mi cuerpo

Ella entonces
se dormía en cualquier avenida
con los carros a sus pies

¡Y cómo la extraño!
¡Maldición!
¡Cómo la extraño!

En aquel momento de ensoñación
todos se derretían
y renacían de nuevo
a cada segundo
oxidándola

en un polvillo de capullos
y rayos ultravioletas

Tan esquizofrénicos

Julia terminaba entonces
amenazándome con sus esteroides de plata

Cuando nos casamos hace siglos
no había artefactos
o catedrales
para escapar como ahora

Julia me amaba como a un dragón
como a un eterno compañero de cavernas

En el paraíso diminuto del cuarto aquel
habían estalactitas y pompones
inflamables
entre almohadas del futuro
para dos

Por eso
sigo esperando a que te incendies
tan encantadora
en aquel vestido desarrapado
anaranjado y quebradizo
color de las nebulosas y de los karmas
que nos esperan en cada esquina de la muerte

¡Que no se te olvide!




Retrato

Sigo siendo
legendario pájaro solar
copia de fósil volador
una especie que descubriste
afilando sus caninos entre las piedras
de un extinto bosque Hoti
justo atrás del riachuelo

Soy no más de lo que ves
un minotauro añil de la historia
de ancianos pardos
al otro lado del mar

Místico y carnal
ando
amalgamado de crisantemos azules
espécimen pródigo de las mesetas
soy

A veces enfermo y sin aliento
como la noche
galáctico y demente
como esta vida

Vivo
colgado
en las trenzas de los perezosos
baobabs

Acostumbro a caminar
despierto y solitario en un amanecer
de mutiladas auroras
color acero

Sigo siendo
el espanto de antenas y cables
que esperas a la madrugada
con su trozo de carne en la boca
sonriente
como el leopardo gris
de los inviernos de Ashanti

Ave de hollín verdusco
soy quien ha de cruzarse en tu camino
y escaparán las bestias y reptiles cuando pase
porque crío de rapiña
hago roscas tu barbilla
y tu exquisita selva
al sur

Mi helada presa
impaciente y ruin

ya nunca morirás de frío.


Publicado por la Fundación Venezolana El Perro y la Rana, 2007.  
Nota o Post-data del autor en 2: "MÁS VALE Q TENGAN PELOS LOS LADRIDOS DEL DESIERTO, PUESTO QUE YA HE SIDO MEADO POR EL VIENTO DE LA AGUJA"

Claudia Masin

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fotografía de Marcos Zanger





El alud
Antes de que los sentidos se empañen, se acostumbren a la vida,
hay una época en la que todo lo que nos roza nos produce
un deslumbramiento, un ligero, aunque profundísimo,
temblor de regocijo y miedo: el relieve sutil, casi invisible,
de la nervadura de una hoja, las hondonadas
y canales del cuerpo de una piedra,
la vibración que deja el tacto de un ser vivo sobre la piel,
el calor irradiándose en ondas que se apagan lentamente.
Después llega el hábito, un fuego fatuo
que no sabe quemar ni tampoco guarecer a nadie del frío
con su presencia. La capacidad de sentir es suplantada
por el gesto que debería acompañar una emoción,
pero es todo lo que queda de ella,
un sedimento irreconocible de lo que alguna vez fue cierto,
de la misma manera que un coral fosilizado en el lecho marino
es lo que la vida –perfecta un día en la precisión de su tarea-
deja cuando se retira. ¿Sería necesario,
para volver a estar en el mundo, un cataclismo,
un encadenamiento de hechos que socave
los cimientos de la pequeña cueva que hemos construido,
sin lugar para la luz, la compañía de los otros,
haría falta un derrumbe que llegue súbitamente
y nos sorprenda? Quizás no podría ser de otra manera: el alud,
desprendido de miles de pequeños hechos y sensaciones
que hemos dejado pasar con indiferencia, cuando se desencadena
no deja nada en pie: es nuestra propia fuerza,
la del apego irrenunciable al mundo, la que retorna con él,
es la mirada, el tacto que recién empieza a conocer los objetos,
son nuestro asombro y atención los que vuelven,
transmutados en violencia,
porque apartar el cuerpo de lo que le trae felicidad,
dejar incluso de verlo, es causar una herida
en la frágil corteza del universo, mucho más sensible
que nosotros, mucho más indefensa. 




El talismán
Los ojos de los que estamos continuamente al borde de la caída
o del tropiezo, no saben despegarse de la tierra. De qué sirve
una belleza material que no pueda tomarse entre las manos
como una piedra y ser llevada siempre encima del cuerpo
igual que esos objetos insignificantes
que un niño acarrea consigo donde vaya, y que lo hunden
en el terror o el desconcierto si se pierden.
No hay belleza para mí en las cosas
que no pueden volverse talismán contra las fuerzas
del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso,
sólo la presencia física de lo que fue elegido por un amor oscuro,
cuyas leyes desconocemos, para preservar nuestra vida intacta
entre todos los peligros y accidentes que la acechan, a pesar
de que es ella, esa presencia amada, el peligro mayor,
porque no puede protegernos de su pérdida. 

De La plenitud (2010, Hilos, Buenos Aires,
reeditado por Raspabook, Murcia, España, 2014)



Potrillo
Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas,
esas cosas que llegado un momento ya no sirven para nada,
pero no se pueden abandonar: son parte del propio cuerpo,
del camino recorrido. Es tan difícil soltar lo que nos ha acompañado
tanto tiempo, aunque lastime y agobie, y la espalda se incline
bajo el peso. Como si fuéramos la muesca diminuta
sobre el arma que alguien disparó en un pasado remoto
en una tierra desconocida decidieron por nosotros,
antes de que naciéramos,
hasta los muertos a los que tendríamos que llorar.
Pero si nos acompaña una multitud a cada paso, pienso,
el aislamiento no resuelve nada. Ni construir una cabaña
con las propias manos en el monte impenetrable,
darle la espalda al mundo y a los demás, volverse un paria
que ha rechazado su lugar entre los otros para quedar libre de una deuda
que de todas maneras va a tener que pagar. Entonces,
si todos los cuerpos reunidos al principio
quedan atados por un nudo que atraviesa el tiempo
y es increíblemente firme, imposible de desatar,
¿cómo ser en la vida algo más que una especie
de fenómeno natural, un latigazo del cielo, un rayo, un tornado
que destroza sin razón y sin sentido, o al revés, una lluvia suave que reverdece
el campo seco y trae el alivio a los cultivos moribundos, pero actúa
sin voluntad de hacer el bien ni el mal,
por puro impulso desprendido del pasado, de los deseos, los terrores,
las pasiones de la especie? A veces creo, pero es una cuestión de fe,
no sé si es cierto, que se puede construir una familia
a partir de cosas ínfimas
que no forman parte de la historia que nos fue contada
a través de las palabras
o del cuerpo de los que amamos. Que podríamos descender en el tiempo
hasta el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad
ni el miedo, a través de una memoria física que nos devuelva la humilde
y pura gracia de respirar. Hablo de atarnos a detalles tan insignificantes
que no serían jamás parte del drama
y por eso mismo no podrían convertirse en el hueso de tu infelicidad.
Sería tan distinto, claro, si tu familia fuera el día en que conociste el verano,
la primera experiencia de alegría bajo un chorro de agua en el sopor
pesado de la siesta, el olor de la tierra mojada y el contacto
del pasto en los pies descalzos. La risa, levantándose
como la bruma del calor hacia lo alto. Si fuera tu destino ese punto
del pasado, ese resplandor que quedó grabado a fuego,
clavado en tu carne como la herradura en la pata de un caballo joven,
de un potrillo que en el momento de entrar al establo se retoba y corre
y es capaz de fugarse de la vida que le espera.     




Sol
Es de eso que estamos enfermos: noches donde el aire debió ser
como de cristal, así de delicado y evanescente para todos,
pero para algunos fue un humo negro, traído desde el fondo de los basurales,
desde esa órbita del dolor que gira alrededor de un cuerpo
cuando está malnutrido y tiene miedo de lo que puede venir a lastimarlo,
porque hasta la hoja seca que trae el viento
es filosa como la cuchilla del matadero para quien no tiene
manera de defenderse. Es de eso: de los males que se depositaron
como granos de arena a lo largo de los días,
hasta que desataron por acumulación una catástrofe
que pareció espontánea, caída por sorpresa.
No hay desastre que no nos haya rozado antes
en forma de tristeza, pero si no es nuestra tristeza seguimos adelante,
como si no nos hubiera pasado así de cerca. Ay de la ingenuidad
con que a veces pensamos que la indiferencia protege:
es un techo lleno de goteras que va a quedar deshecho
cuando caiga un temporal lo suficientemente fuerte sobre nuestra casa,
que no es un rancho abandonado a su suerte
allá donde no alcanza la vista, pero que tiene las raíces carcomidas
aunque aparente ser un árbol robusto. A la hora en que algo se desploma,
da igual si parecía hermoso y fuerte. Es de eso
que estamos enfermos: de los días felices,
resplandecientes de verano donde no faltaba nada, y crecíamos
mezquinos y soberbios hacia el sol, sin preocuparnos
por la sombra que dábamos,
sobre quiénes caía, de qué luz los privaba.






  

Leona
Nunca fue el violador:
fue el hermano, perdido,
el compañero/gemelo cuya palma
tendría una línea de la vida idéntica a la /nuestra.
           Adrienne Rich

Las mujeres enfrentamos en la niñez un pozo profundísimo, parecido
a los cráteres que deja un bombardeo, e indefectiblemente caemos
desde una altura que hace imposible llegar al fondo
sin quebrarse las dos piernas. Ninguna sale intacta y sin embargo
suele decirse que se trata de un malentendido, que no hubo tal caída,
que todas las mujeres exageran. Lleva una vida completa
poder decir: esto ha pasado, fui dañada,
acá está la prueba, los huesos rotos,
la columna vertebral vencida, porque después
de una caída como esa se anda de rodillas, o inclinada,
en constante actitud de terror o reverencia. Muy temprano el miedo
es rociado como un veneno sobre el pastizal demasiado vivo
donde de otra manera crecerían plantas parásitas, en nada necesarias,
capaces de comerse en pocos días la tierra entera con su energía salvaje
y desquiciada. Aún así, siempre quedan algunos brotes vivos,
porque quien combate a esas plantas que se van en vicio,
después de un tiempo ya tiene suficiente, de puro saciado se retira
del campo baldío y a veces les perdona la vida
y se va antes de terminar la tarea. No es compasión,
es como si una tempestad se detuviera
porque ya fueron suficientes las vidas arrebatadas, las casas reducidas
a una armazón de palos y hierros desplomados,
que aun restauradas nunca podrían volver a ser las mismas.
La compasión, claro, es otra cosa
que haber saqueado una tierra con tal ferocidad que lo que queda
está tan malogrado que ya no sirve ni como alimento
ni como trofeo de guerra.
En el corto tiempo de gracia antes de la caída,
 las mujeres, esos yuyos siempre demasiado crecidos,
andamos por ahí, perdidas y felices, esperando lo que no suele llegar:
la compañía del hermano que no tenga terror a lo desconocido,
a lo sensible. No el hermano que pueda impedir la caída
sino ese capaz de caer junto a nosotras,
desobedeciendo la ley que establece
la universalidad de la conquista, la belleza
de la bota del cazador sobre el cuello partido de la leona
y de su cría. El hermano incapaz de levantar su brazo para marcar a fuego
la espalda de la hermana, la señal que los separaría para siempre,
cada cual en el mundo que le toca: él a causar el daño, ella a sufrirlo
y a engendrar la venganza
del débil que un día se levanta, el esclavo
que incendia la casa del amo y se fuga
y elude el castigo. El mal está en la sangre hace ya tanto
que está diluido y es indiscernible del líquido
que el corazón bombea: el patrón ama esto y el hermano lo sufre,
tan malherido como la mujer a la que él debería
lastimar. El dolor sigue su curso, indiferente,
y el pozo sigue comiéndose vida tras vida, y seguirá,
a menos que algo pase,
un acto de desobediencia casi imposible de imaginar,
como si de repente el cazador se detuviera justo antes del disparo
porque sintió en la carne propia la agitación de la sangre
de su víctima, el terror ante la inminencia de la muerte,
y supo que formar parte de la especie dominante 
es ser como una fiera que ha caído


en una trampa de metal que te destroza lentamente
cada músculo, cada ligamento, 
para que te desangres antes de poder escapar. 





Semilla
Dedicado a la memoria de David Moreyra, el chico de 19 años que murió tras tres días de agonía después de ser linchado por una multitud en Rosario, tras un aparente intento de robo.

Yo quiero estar en la respiración dificultosa del chico moribundo,
el ladrón adolescente tirado en el asfalto mientras una multitud
 lo muele a golpes, ser la catarata de  imágenes
que aparecen para liberarlo de la fealdad de lo que ve:
es decir, ser el vértigo de sus primeros pasos inseguros
sobre el piso de tierra, la alegría de poder pararse al fin
sobre las dos piernas, un árbol pequeño su cuerpo, aunque ya entonces
guiado por una rama vieja, un tutor que no lo deja crecer
hacia el sol aunque le permita recibir algo de su tibieza.
Quiero vivir el día en que se desató la cuerda y la rabia quedó suelta,
a merced del terror que iba a empezar a alimentarse en el estómago
de la bestia, su propia mala estrella concibiéndose desde antes
de su nacimiento, antes de que pudiera hablar, pensar, antes
de que supiera que iba a vivir una vida donde el oxígeno
nunca iba a alcanzar para él, donde tendría que respirar
conteniendo el aire, como si estuviera en el fondo del océano,
y aunque hubiera suficiente para todos, más de una vez
amanecería boqueando como un pez fuera del agua,
casi muerto. Que allí, tirado en el cemento, no haya
sido ese pez en la orilla al que las aves carroñeras
miraban morir desde su cielo, que se haya sentido
de repente como un ciervo de los pantanos
o un topo malherido en medio del monte
y haya podido saber lo que saben ellos
acerca del momento en que se pierde
todo lo que se tiene: el mundo, la selva, las largas caminatas
de la manada hacia las tierras más fértiles, el aire pesado
de los humedales, el placer físico de correr desesperadamente,
el olor de la tierra empapada por un temporal
poderoso y breve, el hambre, la dentellada que se da
y se recibe, el corazón desbocado que se enlentece,
el dolor, la vida que se dispersa en el aire como una semilla,
un ramalazo de luz que pasa a través de las ramas y descansa
sobre el pasto mojado. Que haya sentido en la sangre,
junto con la gracia de haber estado vivo, la esperanza
de una revuelta que escriba otra historia para él,
donde la peste incubada en los otros no caiga sobre su cuerpo
desde la niñez y lo maldiga.





Inéditos, del libro La cura (2015)