Alberto Ramponelli

BREVE SOBRE DIOS

En una de las tantas tabernas celestiales, Dios bebe, conversa y juega una partida de dados con un grupo de ángeles y demonios. Está en disputa el alma de uno de los más célebres mortales del siglo XX, el señor Einstein. En realidad, lo que está en juego es la soberbia cabeza del señor Einstein, quien en el año 1927, en el hotel Metropole de Bruselas, afirmó: "Dios no juega a los dados". 



UN HECHO ESTETICO

Como una palabra tragada por el silencio, puede decirse. Lo cierto es que el tipo cayó desde la cubierta sólida de un barco y luego de teatrales pataleos y manoteos más o menos grandilocuentes, desapareció bajo la superficie del agua. Tal vez, con un poco de suerte, el cuerpo sea devuelto a tierra firme. Pero no resucita; es sólo un cuerpo muerto sobre la arena de la playa. A lo sumo, algunos testigos podrán apreciar la belleza quieta, casi repugnante en su propia fascinación, del ahogado. 



NADIE ESTÁ EN CASA

Una luz se prende en algún lugar de la casa, pero la casa está vacía (el gato, que dormita solitario sobre un sillón, no cuenta). Un sonido se escucha en algún punto de la casa, pero la casa está vacía. Un objeto cambia de disposición dentro de la casa, pero la casa, claro, está vacía. Y un minuto antes de que sus habitantes regresen, la luz se apaga, el silencio se restituya, el objeto vuelve a su sitio. Sólo el gato ha sido testigo de estos mínimos acontecimientos. Pero, como ya dijimos antes, el gato no cuenta.



EL ASESINO SE ARREPIENTE

Cierto pasaje de Hegel dice: “...la vida ultrajada aparece como un poder hostil contra el culpable y lo persigue de igual modo que éste había perseguido a aquélla: así el castigo como destino es la reacción idéntica a la del acto del propio ofensor, de un poder que él mismo ha armado, de un enemigo convertido en enemigo por él mismo”.
Claro, él no había leído este pasaje de Hegel, o si lo había leído no lo tuvo en cuenta cuando, dejándose llevar por la ira, mató a Juan delante de testigos. A partir de ese momento tuvo que escapar y esconderse. Sabía que la ley lo buscaba, tomó precauciones. No se quedaba demasiado tiempo en ningún sitio, prefería trabajos nocturnos para reducir su exposición pública, cortó todo lazo con su familia. Se volvió receloso, solitario. Sintió que podía acostumbrarse a esta vida, en definitiva pautada por ciertos requisitos, como cualquier otra.
No pudo acostumbrarse, sin embargo, a un hecho imprevisto: la presencia de Juan. Una presencia que fue agrandándose día tras día. Acechante, amenazador, Juan estaba en todas las cosas. En caras y miradas, en las sombras de su pieza, en los espejos, en la sirena que atravesando la noche llegaba hasta su insomnio. También fueron Juan los policías que finalmente lo apresaron, los jueces que dictaminaron su condena, incluso esa página del código penal en que los jueces basaron su dictamen. Fueron Juan los carceleros, los demás reclusos con quienes compartía el cautiverio, las horas del reloj, los días en el calendario, la soledad, las sombras, ahora, de su celda.
Entonces el hombre deseó desconsoladamente un imposible: que las cosas hubieran ocurrido a la inversa, que el muerto fuera él y no el otro, para así perseguir a Juan, con la forma imbatible de un fantasma, hasta el fin de los días.


SOLCITO

Ella era un sol. “Un solcito”, la llamaba su padre. Pero de golpe se tiró toda la noche encima y se apagó. Con una 22, en su propia boca, con su propia mano. Penas del corazón, podría titularse, como en un viejo folletín. “No puedo vivir con esto”, repetía su padre, y ella no podía contestarle porque se había metido en una noche que de tan larga no tenía retorno. Como tomarse un tren con boleto de ida solamente. El tren de la noche, que únicamente va. Pero no se lleva todo. Se lleva lo más importante, sí, el soplo vital que animaba el cuerpo o lo que podríamos llamar el núcleo ígneo del cuerpo de Solcito, y deja de este lado nada más que residuos miserables, pedazos de historias ya irreversibles como la luz de las estrellas muertas, el padre repitiendo “no puedo vivir con esto”, el padre que alguna vez fue policía y ahora está retirado y se encamina hacia una vejez insoportable, el padre que siendo policía le compró a su hija, tiempo atrás, una 22, y le enseñó a usarla, para que tuviera con qué defenderse en estos tiempos difíciles, para que ella dañara primero a quien intentara dañarla. Y eso fue lo que Solcito hizo. Se dañó.