Constantin Kavafis

LA CIUDAD


Dijiste: ”Iré a otra tierra, iré a otro mar,
Debe existir una ciudad mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es aquí una condena,
y mi corazón –como un muerto– está sepultado.
¿Hasta cuándo mi espíritu permancerá en este marasmo?
Donde vuelvo mis ojos, donde miro
Veo las negras ruinas de mi vida, aquí
Donde tantos años pasé y arruiné y perdí”.

No hallarás sitios nuevos, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Darás vueltas por las mismas
calles. Envejecerás en los mismos barrios,
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra parte –no lo esperes–
no hay barco para ti, no hay camino.
Al arruinar tu vida aquí, en este pequeño rincón,
en toda la tierra la arruinaste.


LAS VENTANAS


En estos oscuros cuartos donde paso
días pesados, voy de un lado al otro
para hallar las ventanas. – Cuando se abra
una ventana será un consuelo.
Pero las ventanas no aparecen, o yo no puedo
hallarlas. Y quizás sea mejor que no las encuentre.
Quizás la luz sea un nuevo tormento.
Quién sabe qué cosas nuevas mostrará.



EL SOL DE LA TARDE


Este cuarto, qué bien lo conozco.
Ahora se alquila y también el de al lado
para oficinas comerciales. Toda la casa se convirtió
en oficinas de corredores, de comerciantes, de compañías.

Ah, este cuarto, qué familiar me es.

Aquí cerca de la puerta estaba el canapé,
y delante de él una alfombra persa;
al lado la repisa con dos floreros amarillos.
A la derecha, no, enfrente, un armario con espejo.
En el centro la mesa donde escribía,
y las tres grandes sillas de mimbre.
Junto a la ventana estaba la cama
donde nos amamos tantas veces.

Aún deben estar en alguna parte esas pobres cosas.

Junto a la ventana estaba la cama;
el sol de la tarde llegaba hasta el medio.

…Las cuatro de la tarde, nos habíamos separado
sólo por una semana…Ay,
esa semana se volvió eterna.