Alejandra Pizarnik






9 de noviembre, viernes. 1961

Cuando miro su rostro me sonríe como alguien que sabe de mí. Yo me siento rígida, lo miro humillada, yo me siento perro, me siento pulga. Mis labios van aullando roncamente mi dolor. Me retuerzo. Bajo la voz porque me siento gritar. <<No te oigo>>, dice. <<Te amo>>, repito. Entonces sonríe y hace el gesto con la cabeza como una vieja señora diciendo: <<Déjenla. Está loca>>. 
A veces me enfurezco. Le digo lo que siento, repito <<mierda>> infinitas veces. Su sonrisa me devuelve los insultos y como si me hubiera abofeteado a mí misma me miro las manos -dos manos de niña- y le digo: <<No. No es eso lo que quería decir>>.
Aun la voz es un síntoma de tu vacío. Aun el viento. Aun la más simple palabra. No hay ninguna fuerza para seguir portando el propio nombre. ¿Y qué? Ninguna fuerza para esperar a que termine esta espera. Llega un día en que se sabe que se ha ido muy lejos dentro del espejo. Mi justificación -ante nadie- es mi enfermedad. Si a alguien le rompen un tendón o un ligamento no lo acusan de <<desarmonía física>>, no lo acusan porque llora y se lamenta. A mí me sucedió algo y yo estoy enferma. Lo anoto porque nunca lo releeré. Si te echan como a una perra se te puede decir: Nadie te obligó a comportarte caninamente. Si te dijeron NO es porque tú pediste. Y la puerta se abre o se cierra según quiera la voluntad o el destino de la otra persona. Enamorarse a solas es enamorarse del silencio, un silencio con humo y espejos. El amor, si es algo, es dos que se miran. Tú has intentado crear su mirada en tu mágico laboratorio poético. No quejarse si estás quemada o dolorida. En vez de dos ojos salió una sonrisa de desprecio. La que esperabas, sin duda. Pero como era demasiado insoportable revelarte que buscabas la desdicha pura te entregaste falsamente a lo que no buscabas. 
Cada vez que te sonreía como dices, sentías que te ponían en tu lugar. Sin duda el sufrimiento era atroz pero también era como un retorno. La hija pródiga en la casa del tormento. 
Tú no deseas nada, si bien esto no es verdad. Desearías morir. No mueres porque el sexo te importa todavía: sufrir voluptuosamente, sufrir con un lujo inigualado, ser golpeada, fustigada, ah, tu pequeño cuerpo se anima, palpa, reconoce. Orgasmo maravilloso después de un diluvio de humillaciones e injurias. 
Por eso hablo en segunda persona del singular. Lo que digo no me importa, no soy yo mi destinataria. Alguien en mí se quema. Canción de la quemada al alba. Te quemas y yo te hablo, te espié y reprobé y te condené. No es mi lucha con el ángel lo que narro. Pero estoy cansada de hablar. Quiero dormir como una bestia. El sueño me significa orden, es el presente, el ahora. No es estar en mí es comprender serenamente, es hacer prácticas razonables. La pesadilla empieza en mis ojos abiertos, mis ojos de cazadora idiota que anda desde hace siglos por un bosque sin animales. 


Diarios de Alejandra Pizarnik. Fragmento