Boris Vian (dos poemas)









Moriré de un cáncer de columna vertebral                         
Será en una noche horrible
Clara, cálida, perfumada, sensual
Moriré de podredumbre
De algunas células poco conocidas
Moriré de una pierna arrancada
Por una rata gigante surgida de un agujero gigante
Moriré de cien cortes
El cielo caerá sobre mí
Roto como un gran vidrio pesado
Moriré de un grito
Que reviente mis tímpanos
Moriré de heridas sordas
Infligidas a las dos de la madrugada
Por asesinos indecisos y calvos
Moriré sin darme cuenta
De que muero, moriré
Sepultado bajo las ruinas secas
De mil metros de algodón derrumbado
Moriré ahogado en aceite de motor
Pisoteado por bestias indiferentes
Y, justo después, por bestias diferentes
Moriré desnudo, o vestido de rojo
O cosido en un saco con cuchillas de afeitar
Moriré quizá sin preocuparme
Del esmalte de uñas en los dedos del pie
Y con las manos llenas de lágrimas
Y con las manos llenas de lágrimas
Moriré cuando me despeguen
Los párpados bajo un sol rabioso
Cuando me digan lentamente
Maldades al oído
Moriré de ver torturar a niños
Y a hombres asombrados y lívidos
Moriré roído vivo
Por gusanos, moriré
Con las manos atadas bajo una cascada
Moriré quemado en un incendio triste
Moriré un poco, mucho,
Sin pasión, pero con interés
Y luego cuando todo haya acabado
Moriré.



La marcha del pepino

Había comprado yo un hermoso pepino

Muy gordo, muy largo, muy verde

y regresaba sin traspiés

del mercado de Nevers

Puesto que sudaba por el camino

de llevar el cesto

Me detuve para almorzar

Al pie del un álamo

Hete aquí que deslío mis cosillas

Mi pan y mi cuchillo

Y la punta de tocino que me quedaba de ayer

No tenía buen aspecto.

Diantre, me digo, sin mi patrona

No era tan roñosa

pues llevo en este cesto

cosas requetebuenas

Al momento levanto

la tapa del chisme

Sólo con ver aquello se me hace

toda la boca agua

Debía de parecer yo un gendarme

Con ese gran cuchillo

Pues el pepino al ver el arma

Se deshace en sollozos

A mí, qué quieren que les diga, me hace gracia

ver llorar a ese bicho

Pero el pepino toma la palabra

y me pide clemencia.

Bella Suzon, apiádase de mí

y no me abra en canal

Pues bien claro está escrito en la Biblia

que al prójimo no hay que matar

Les aseguro que esto de ser pepino

es un destino atroz

Nada hay en el mundo más triste

Ni menos meritorio

Acaban nuestros días en las mesas

cortados en trocitos

Salpimentados, suerte detestable

Para llenar el estómago de los necios.

La desgracia viene de nuestro color verde

qué tira de espaldas

No es normal, desconcierta

y provoca impotencia.

Realmente qué destino tan tonto

El que nos hizo verdecer

Porque los hay que viven en braguetas

Y que no tienen esa cruz.

A veces, sin embargo, son enclenques

No son ni pesados ni gruesos

Andan un poco escasos de saliva

Y no tienen más que piel de hueso

Esconden el culo en las matas

Y meten las narices en lo oscuro

y trabajar es cosa rara en ellos

Apenas si lo hacen un poquito por las noches.

Pero a éstos se les mima

con nombres de pajarillos

Les chinchan y susurran

Les besan en los morros

Les acaricia en todos los sentidos

para fortalecerlos

y baños de juventud les dan

para que crezcan mejor

Si respingan les hacen monerías

los acarician de nuevo

Hasta que a berenjenas se asemejan

De rojos y fuertes que se ponen.

Y cuando están en forma

los trasplantan en unos agujeros

Para que crezcan más altos que un olmo

sin cansarse en absoluto

Y mientras aprisionan la tierra

Removiendo todo alrededor

esos cerdos escupen al aire

pese a todos sus mimos

Y entonces ¿qué? creéis que los castigan

a golpes de cepillos de dientes

les pegan o los comen?

¡No! ¡Solo fingen hacerlo!

Sin embargo a nosotros, verdes como los árboles

que también somos bellos

Al mármol ablandaría nuestra suerte

¡Nos pasan a cuchillo!

Escuchando hablar así al pepino

Sentí lástima de él

Era su destino ciertamente triste

Más valía ahogarlo.

Como no había agua en el camino

me levanté las enaguas

Y me lo metí en mis partes

Diantre, qué gusto daba.

Una hora después yo estaba muy a gusto

y el pepino también

Ven aquí cariño que te folle

Eso le dije.

Y al verlo ya no tuve miedo

de que se lo comieran en la cena

Pues había cogido un color

rojo como un cangrejo.

Y así acaba la historia del pepino

Muy gordo, muy largo y muy verde

que me llevé sin traspiés

Del mercado del Glande Verde