Fabricio Simeoni

 

 

 

Ensayo para extinguir el sueño


Ella aprendió a dormir sin que nadie le enseñara, no nació durmiente. Se hizo.
El flagelo de cerrar los ojos ante un pleural insomnio, prolongado y efímero, retraído y pudoroso, sofisticado y transeúnte. Cerrarlos de a poco como a una cortina de hierro, hasta acomodar la oscuridad del sueño, aprendió a dormir como quien aprende a hablar. El lenguaje onírico de la noche moderada en el festejo de unos perros callejeros que tampoco duermen porque no pueden aprender, salvo el hábito. Su costumbre o su reflejo condicionado. Ella aprendió a dormir y eso era un reflejo, su costumbre más repulsiva.
Se movía en el árbol azul con la misma zozobra que lo haría en la cama matrimonial, invadida por el límite, tácita enunciación de posturas disidentes en las células de la vigilia.
Dormir es perder el guión de lo que viene a posarse en uno mañana, cuando el tiempo decide dirigir y ganar el duelo de los despertadores. Dormir es someterse al proceso que la clorofila desarrolla en cada hoja y desembocar con la savia que consume cada boca álgida después de ser vegetal.
Se hizo durmiente con la luz del día, porque alguien quiso que se haga.
Cada posición que experimentaba la hizo sentir más cómoda hasta sostener el reconocimiento del cuerpo aunque este despierto como la única razón de suplantar el vacío del árbol cuando nadie duerme. Esta no era la noche, tampoco la perpetuación del bostezo.
Un corrimiento antropológico, nada es como parece, nada es natural. Un esquema de ronquidos salvajes, sobre los troncos, la diferencia de los animales, del resto de los animales diurnos y nocturnos. Ella aprendió a posicionarse para dormir sangrando en la saliva, toda la boca abierta de lenguas universales, todo el alimento de los sueños ajenos que no pueden sostener el desequilibrio y el desborde.
Y cuando ella duerme pasan cosas entre los insomnes, pasa del hambre a la tormenta, del engaño a los médanos, pasan cosas probadas e improbables, pasan casos extraños y casas de antaño. Pasa también la vigilia y sus coordenadas para interpretar lo que creemos es verídico. Pasa lo que queremos creer, pasa lo verídico.
Ella duerme despacio, sin el espacio de su seguridad objetal. Parada fetalmente.

Diafanidad de los yuyales

 

Cuando la vi por primera vez, no era como si la hubiese visto antes. El acto formaba parte de un solipsismo, algo único que irrepetible suponía cierta reciprocidad o al menos continuación. No es que el epígono estuviese encapsulado en su mirada o en la posibilidad de que me viese. Sino que estaba estipulado en la opción de volver a verla.
Se sacudía el pelo como ardiendo el aire que dejaba entrar en el espacio firme que había entre la raíz de todo lo que me pudo mostrar de su acuerdo cabelludo del cuero y el desarraigo de lo que ocultaba.
Esos cabellos pertenecían a la estirpe más sedosa del pez sin escamas, la prohibición del mar a su veneno inflamado, la respiración del mundo en cada pecado cometido por la trenza o un pecado ulterior que además de ser mortal acomete contra la venialidad. Esos peinados portales que nos devuelven la inhalación.
Pero no me miraba, sólo era una especie de ilusión óptica, mi intención porque lo hiciese. Yo quería ver que me viese. Aunque sólo yo lo hacía. Pensé que lo que se ve es mirado aunque lo que mira no necesariamente ve, ella era mirada pero no me veía. Volví a pestañar.
Y ya eran más los detalles visibles. Como el caño que sostenía su humanidad, tangible para los ojos pero insurrecto para el tacto verosímil de las manos. La irrealidad era lo que no veía, y no justamente porque no me lo mostrara.
La posición que alquilan sus piernas al moderado aniquilar del viento, la predestinaban a moverse un poco después del cruce, como encerrada en el mismo espacio del péndulo ausente, estaba en canasta. Como diciendo las mismas cosas que yo pero en el silencio del patio dispuesto a la congregación del cuerpo, el mismo cuerpo que veía sin mirar. Su cuerpo, no el mío. Su mirada, no la mía.
Me acerqué lo suficiente para apreciar como un instante podría ser otro instante, o el mismo pero ciego. La imaginaba correr despacio, suspendida en la gravedad de los yuyales vivos, danzando en la suspensión del suelo con un movimiento exhaustivo de muñecas, lo esférico y lo ingrávido del agua sin que alguien hubiera descubierto antes las peceras que no sea yo y su mirada.
Creo que no esperaba nada más. Juntaba los indicios necesarios para que algo se convierta en invisible y que hasta el momento no había visto, como si lo no visto fuese invisible en el mismo momento que uno no lo ve o después, los juntaba y me los mostraba sin querer mostrarlos porque en ese momento yo era invisible, como si lo invisible no fuese mostrable en el antecedente menos indicado de lo que existe o ahora. Ella no me mostraba.
Subió los tres escalones que separaban los dos pisos, el de arriba y el de abajo, el de mi mirada y el de la suya. Se acercó a todo lo que puede acercarse la boca. Buscó un abrigo detrás de la pared pintada con minerales de drupa. Encendió el filtro que hace burbujear el vidrio delante del vidrio y con las mismas manos que acaricio las piedras mustias, inauguró una estampa en la porcelana de un pocillo sin borra después de la adivinación en esta mímica ocular.
Sus ojos me habían adivinado. 


Efecto boomerang



Ella siempre venía y se iba y ese ida y vuelta me hacía recordar a la ondulación de las cortinas como una protección benigna a los influjos de la luz, dejando embelesados los ojos de quienes miraban sin pretextos la intemperie. Una cortina que se abría y cerraba según mi artesanía lujuriosa para moverla, era como un pecado capital segregado, o por qué no, convertido en sacramento. Tantas veces he querido mover la cortina como tantas veces quise que vuelva.
La comparación no supone sólo el riesgo de quedar atrapado en la pertinacia del retorno, sino también la conciliación usual de los tiempos y sus pluralidades en la amnistía del instante.
¿Qué embellece más que lo que no se soporta? ¿Qué se soporta más que un grito en el medio de la función?
Y uno no sabía qué parte era de la intemperie y qué parte de ella misma, de lo que sí estaba seguro, era de que atrás de las cortinas pasaban cosas, pasaban y se iban, se iban y volvían. Como el viento sur de las madrugadas en veranos donde la sofocación molestaba a mi madre, le coartaba el sueño, su cataforesis del desvínculo. Los bordes del afán se supeditaban a los ojos ajenos, las bajas del destino onírico. Cierta devolución innecesaria con lo verosímil. Pensé que lo que cubría el sueño también podría cubrir las puertas. Aunque sólo cubrirlas, no privarlas de ser abiertas.
De las bisagras nunca enumeradas surgía el otro movimiento, aquel del que nunca habíamos hablado. Del movimiento siempre anunciado surgían las otras bisagras, aquellas de las que nunca habíamos querido hablar. Entre lo que no hablábamos y lo que no queríamos hablar se gestaba la posibilidad de la entrada, el olvido siempre fue una negación.
Así fue como un día abrió un sueño, detrás de las cortinas, fabricadas con telas de ojos esponjados y se durmió como anclada en la luz que le solía quedar a cada tarde. Yo me había orinado en los pantalones fabricados con telas de bocas húmedas y no comprendí el sentido direccional de la salida.
El hábito de la perpetuidad, erguida desde el marco. La espera era inusitada porque las arandelas sostenían la figura de la propia liturgia, toda oscilación se producía desde el silencio, la conmutación del suelo con la cercanía insular de la viga al techo.
El ámbito de la perspectiva, superponiendo espalda con espalda. La reacción era la única respuesta favorable que la inercia tenía a los efectos sobrenaturales del hueco inabordable.
Pero cuando volvía, todo parecía intacto, aparecía corrida, tan desubicada de la capital pecaminosa que ni el miedo a la oscuridad acababa su sombra.
Su ropa favorita olía a piel de cortinas, sus marcas sudaban rincón de cortinas, su abrazo se envolvía en el cuerpo de las cortinas. La noche que se acostó conmigo nos tapamos con una cortina, aunque yo soñé con ella.