Fernando Pessoa.





Soy altamente sociable de un modo altamente negativo. Soy la encarnación de lo inofensivo. Pero no soy más que eso, no puedo ser más que eso. Tengo en relación a todo lo que existe una ternura visual, un cariño de la inteligencia - nada en el corazón. No tengo fe en nada, caridad por nada. Abomino con náusea y perplejidad de los sinceros de todos los misticismos o, antes y mejor, de las sinceridades de todos los sinceros y los misticismos de todos los míticos. Esa náusea es casi física cuando esos misticismos son activos, cuando con ellos se pretende convencer a la inteligencia ajena, encontrar la verdad o reformar el mundo.
Me considero feliz por no tener ya parientes. No me veo así en la obligación, que inevitablemente me pesaría, de tener que amar a nadie. No siento nostalgias sino literariamente. Recuerdo mi infancia con lágrimas, pero son lágrimas rítmicas donde ya se prepara la prosa. La recuerdo como cosa externa y a través de cosas externas. No es el sosiego de las veladas de la provicia lo que me enternece de la infancia que viví en ellas, en torno, en la casa, son las caras y los gestos físicos de las personas. Es de los cuadros que siento nostalgia. Por eso, tanto me enternece mi infancia como la de otro; ambas son, en el pasado que no sé qué es, fenómenos puramente visuales que siento con la atención literaria. Me enternezco, sí, pero no es porque recuerdo, sino porque veo.
Nunca amé a nadie. Lo que a lo sumo amé han sido sensaciones mías - estados de visualización consciente, impresiones de la audición despierta, perfumes que son una manera que tiene la humildad del mundo externo de hablarme, de decirme cosas del pasado (tan fácil de recordar por los olores) -, o sea, de que me den más realidad, más emoción, que el simple pan que se cuece allí adentro, en la panadería profunda, como en aquella tarde lejana en la que yo volvía del entierro de mi tío que había amado tanto y había en mí vagamente la ternura de un alivio, no sé bien de qué.
Es esta mi moral, o mi metafísica, o yo: transeunte de todo - hasta de mi propia alma - no pertenezco a nada, no deseo nada, no soy nada - centro abstracto de sensaciones impersonales, espejo caído que siente vuelto haia la variedad del mundo. Con esto no sé si soy feliz o infeliz; ni me importa.


Libro del desasosiego; Fragmento, 208