Fragmento de "La anunciación", de María Negroni









Escribir, Humboldt, se parece tanto a la plenitud. Vas para un lado, y nada. Vas para el otro, y nada también. Tanto esfuerzo para quedarte, al final, con las miguitas de nada. 
Ahora mismo, sin ir más lejos, todo lo que registra esta página, vos por ejemplo, me abandona y entonces es como si cada línea, cada palabra, fuera una gran despedida, una horrenda ceremonia que dice, a lo sumo, aquí hubo alguien, y yo no sé quién es ese alguien, ni cuándo desapareció, ni dónde.
"¿Cómo explicarte?" Cuando uno escribe, decora el dolor, le pone plantitas, fotos, manteles y se queda a vivir allí muy tranquilo, confiando en que nada puede ser peor porque, en realidad, si dolió tanto, ¿cómo podría doler más?
Es como no tener miedo porque se está asustada.
Uno cree en lo que escribió y un día, con total frescura, dice: He aquí mi vida. Yo construí este castillo y me encerré, y ahora no soy más que mis pasos por las escaleras y los parapetos y las criptas y las rajaduras de este sitio estrellado, tan lleno de esas presencias tangibles que yo misma inventé para asustarme (vos fuiste uno de mis fantasmas).
Todo es tan enteramente real, Humboldt. ¿Y de qué sirve? Cuando te querés acordar, tenés que decir Adiós cosas, ya no usaré paraguas, no conmoveré más a nadie con la pequeña música noctura que fue la noche en mí como estación obrera.
Extraño tu calorcito en la cama. No, no te voy a reemplazar con una bolsa de agua caliente.
¿A que no sabés qué hice hoy?
Me compré un vestido azul, muy entallado y sin breteles, en la Via del Panico.
La vendedora dijo: "Los árboles florecen después del invierno, también usted florecerá, le sienta verdaderamente bien ese vestido, no se olvide de florecer".
Fue entonces cuando pensé ¿Y si lo odiara?
Es importante tener a quién odiar, vos mismo me lo enseñaste. Tengo que hacer un esfuerzo. No sé cómo empezar. Cualquier cosa, me digo, mejor que lo de ahora. Pero ¿qué es lo de ahora? Lo de ahora es estar ligados para siempre, pretendiendo ignorar lo que sabemos. Por ejemplo: que en eso que llamabas nuestro adentro, había otro adentro, en el que yo no entraba. Años alzando tus paredes y todo se volvió putrefacto. Hasta que el pecho se te empezó a abombar como si fuera una coraza para esconder otras vidas. Nunca me gustó la forma de tu pecho, Humboldt. Quién me iba a decir que con vos -nada menos- iba a precisar un detector de mentiras.
Sé lo que vas a decir: Te sale el veneno por la boca, estás loca, nunca ocurrió lo que ocurrió, te amo tanto.
Ah, Humboldt, el miedo, como a mí, te hace decir barbaridades.
(...)
Es terrible vivir haciéndose la muerta.
Ahora mismo, en Roma, a la deriva. Subo por el Tíber sucio y amarillo y me dirijo a ningún lado. He conseguido una simulación perfecta del naufragio. Dejo atrás los puentes, las motos, los pensamientos que alguien, acaso, pensó por mí. Y eso, y Roma, y la gran notte italiana es todo lo que tendré para nunca en la repartición de bienes simbólicos.
He perdido mi nombre. He perdido mis nombres. De la desesperación, de la masacre, me quedó el círculo de ciertas letras, una maravilla inconsolable. Ninguna sabiduría. Ninguna salvación. Apenas un desierto sin historia donde nada representa nada. Algo así.
Las preguntas no me dan respiro: ¿No peleábamos por una causa justa? ¿No queríamos un mundo menos carcelario? ¿Por qué yo me salvé y vos no? ¿Es verdad que me salvé o soy apenas un cadáver que habla solo por las calles, vomitando cosas que a nadie le importan? ¿No conocí el placer y por eso tomé las armas como si me dedicara un libro obsceno a una criatura sola y desamparada, yo misma? ¿No tener futuro es una gracia? ¿Estaré viva el 11 de marzo de 2033?
Debo insistir en el odio. Un odio que no se tiña de deseo.
Tengo que verte, pedacito por pedacito, a la luz de todos tus rostros. A lo mejor así me curo de tu diserción masiva de mi cuerpo.
Hoy es domingo. Llueve. En 15 minutos atenderé el teléfono.
¡Qué delicia escribir trivialidades!