FRANK ABEL DOPICO



El correo de la noche

Mis piernas van tras el correo de la noche.
Un enemigo tiende su mano miserable, ayuda mi carrera,
luego me hace polvo con su mano apagada.
Las casas huyen grises y una estrella abandona su
casa de la noche
y anda con sus bártulos a cuestas. Una estrella vuelve
a su casa de la noche
y anda por el jardín, medio dormida.
El ciudadano que soy va tras su noticia. Apedreando al que fui.
Quiero saber cómo está Mayra, qué le hablan sus ojos al recuerdo.

El correo de la noche atraviesa edificios, irrumpe en
plazas moribundas.
Sus remos son caballos silvestres como los ojos de Mayra.
Alguien cruza mordisqueando sus dedos. Alguien
(y una carta) entró a la oscuridad.
Pasan los novios, humeantes cuerpos, y el reloj
se clava sus agujas.
A dos cuadras de mí el anciano espera que esté completo
su rebaño.
Un hombre esconde el espejo donde se va a mirar mañana.

Mis piernas siguen los ecos de la noche.
Soy un bufón, esquivo ese color dulce de la primavera
porque dentro llevo los charcos de su lluvia y puedo
florecer,
y es indiscreto florecer, uno tan noble,
tan bueno que es uno así de solo,
con mi tierno diablo y mi dios tan solo y pobrecito.
Quiero poner la vida como trampa,
criar conmigo al rey que nunca seré, a los reyes
sonámbulos, los que con cielo y pan hacen el
amor sin manifiestos.
Busco una noticia, busco el puente que hicieron los
héroes para mí,
y siempre está más lejos, está en el mismo sitio de
los héroes,
debo hacer algo más que comerme estas naranjas,
debo inventar un flamboyán o algo amenazante,
el puente me espera, nos espera,
tantas flores mediocres aplastan  los caballos
que el correo va lento, los caballos sangran pero yo
los aplaudo.
Los caballos resbalan, rehenes de la luna,
dejan su lamido triste en mi pupila.
El correo de la noche puede ser asaltado
pero va con cicatrices que recuerdan al sol.

En un lugar de mi vida hay un revólver.



LA CASA DE ROJO (Trabalenguas de amor)

El día que me quieras tendrá más luz que junio.
Amado Nervo.
Del pez se hizo el árbol,
del árbol el acta de nacimiento,
del acta de nacimiento nació la penumbra,
la penumbra tuvo por hijo a su murciélago,
el murciélago chocó con los ojos de Eva,
con los ojos de Eva quemaron a Juana de Arco,
bajo el arco de triunfo un mendigo insultaba las estrellas,
las estrellas fueron condenadas a cadena perpetua por la noche,
la noche fue titulada bailarina,
una bailarina dejó un zapato de cristal sobre una nube,
la nube fue en busca de la tierra del Corán,
en la tierra del Corán,
en la tierra del Corán tú no estabas ni yo tampoco,
tampoco estábamos en ninguna parte,
en ninguna parte nos habíamos pronunciado ni se había escrito que tu pelo era un triángulo,
simplemente dormíamos en los extremos de una isla,
tus pechos hacían de centinelas, aún son los centinelas.
Y se volvió al principio.
El principio es el pez que procrea al árbol,
y al final surge un almendro,
sobre un almendro tú haces flotar mi eternidad,
como un pájaro hace flotar su equilibrio
ante la vista perfecta del cazador de pájaros,
y el cazador falla, pobre cazador que no tendrá ni almendro ni pájaro en la cena,
pobre pájaro que esta noche volará en el hambre
y ahí no sabe volar.
Entonces el pájaro viscoso deja abiertas las compuertas de su pecho,
derrama canto y sangre y vuelo sobre el árbol,
el cazador entiende, su hambre corta el árbol,
camina cien lunas a través de su hambre, árbol encima, hasta que muere siendo un árbol rojo,
una casa de rojo en el camino, una casa que canta y vuela según quieras,
canta casa, vuela casa, y yo flotando encima
con mi acta de nacimiento, con mi ser por duplicado,
sobre una casa de rojo que puede ser tu corazón, que puede ser mi corazón,
con un guardián corrupto que deja salir sangre y entrar huellas
pero que no deja que duerma sobre el techo.
Lo soborno y dice que es tu corazón, que no es el mío,
me aconseja matar la eternidad de un garrotazo.
Pero esa casa de rojo es mi corazón, yo soy hijo del pájaro muerto por el pájaro
y tú eres la hija del cazador de pájaros.
Mi cigüeña fue lista, es la famosa cigüeña que nunca se equivoca
y me ordenó entrar al corazón por esa boca,
a la casa de rojo, a la casa de rojo voy a entrar por esa boca,
como del pez se hizo el árbol y yo me llamo pez
y penumbra y murciélago y son los ojos de Eva que me incendian.
Bajo el arco de triunfo de la puerta voy a pasar hoy mismo,
esta noche será que por fin me pondré mi corazón
y mi casa de rojo será mía y tuya una mitad y será un zapato de sangre para dos,
un corazón de agua para dos,
porque del pez se hizo el árbol,
del árbol el acta de nacimiento,
del acta de nacimiento nació la penumbra
y no pararé, no pararé,
aunque las estrellas envíen los pájaros fatales contra el techo,
aunque muertos de hambre veamos descender un pájaro viscoso,
aunque la historia no te parezca larga.
Aunque la historia no te parezca larga.

One Response to “FRANK ABEL DOPICO”

Abel G. Fagundo dijo...

Ha muerto Frank Abel Dopico

En feedbook, en la página de Arístides Vega Chapú, leí la noticia sobre la muerte de Frank Abel Dopico. Hice un breve comentario –en el muro, lamento de quien pierde un desconocido cercano- de lo que significó su poesía para quienes comenzábamos a escribir en los noventa. Él era uno de los 26 elegidos de “Retrato de Grupo”; una antología que leímos profusamente y que tuvo –no lo duden- sus efectos contaminantes sobre muchas de nuestras concepciones estéticas de entonces. La antología ha superado ya sus primeras tormentas de tiempo. “Retrato..” es –en un país que con frecuencia produce reuniones poéticas sobre el papel impreso– un ejemplo exitoso. Se me escapan –estoy seguro- la mayoría de las variables que coincidieron para convertir este libro en el referente que es hoy; sin embargo, la más importante está muy a la vista y es la calidad individual de cada uno de esos poetas, que en su conjunto, construyeron un significativo corpus poético.

Al Dopico humano, al hombre que hay detrás de sus versos, no lo conocí. Sé muy poco de él y no leí más allá de “expediente del asesino,1991 “ Su nombre, su poesía, estaban alojadas en un lugar remoto en mi memoria, no olvidados; pero tampoco cotidianos y vino la maldita muerte a hacer lo suyo, a recordarme deudas, portadas, influencias. Gracias Abel, ahora volveremos a leerte, con la quietud y el rigor que tu poesía exige.

Abel G. Fagundo