Ramón Machón









I.

Microsoft Word abierto: la bruma
rosada del crepúsculo: aguas
en donde la sangre del esputo
poético se disuelven: hozan
jabalíes, revuelven el fango
bajo robles que vieron pasar
ejércitos innombrables, tropas
quién sabe si en desbandada.

¿Os dije que odio la miel como
producto del trabajo? Retórica
de dioses mudos. Simple dulzura
fonética: miel desnuda colma
los panales del miedo, la sucia
vibración del enjambre laboral:
cumplimos el contrato, nos pesan
las botas, el barro, las miradas.

En las fábricas abandonadas
siempre queda un guardián impasible
para evitar el robo de máquinas
y restos de sueños esparcidos
por el suelo, mezclados con grasa:
sombra, que agoniza, de las sombras.

Todavía la luz. Y ya es tan tarde
que todo lo esperado es participio pasivo.
Me pregunto qué querrá la luz a estas
horas del mundo. Para qué si ya está
todo claro: la ley y los refranes, el dolor
y sus verbos, este merendero de blancos,
el soliloquio de las formas, la voluntad
ajena, enseres, ajuares, herencias, voces
desde que la tierra es tumba de la tierra.



II.

Microsoft Word sigue abierto: palabras
suavemente diminutas, liliputienses capaces
de penetrar alguna oreja prevenida:
dulzura fonética sólo para tus labios:
frases como cantos rodados como píldoras
brillantes deslizándose garganta abajo
para terminar en arena estéril que sueña
con ser excremento verdadero, auténtica
mierda fertilizante en la isla de Robinson
Crusoe: Microsoft Word: el soporte
de lo escrito que va subiendo hasta disiparse
en un cielo tormentoso, por encima
de la barra de herramierdas: el Más Allá.


AZUL

Azul. Siempre se empieza
por el azul, de alguna forma.

Después todo es picar el arcoíris
en una máquina de moler carne.
Estar inconsciente y ver pasar
oleadas de papilla neutra
hacia la nada.
Ese es el transcurso de toda una vida.

Se empieza por el azul
y se termina haciendo llorar
a muchos otros, o a nadie.
Enterrado en el cementerio,
el mismo cementerio
de tus fantasías infantiles.


 
El amor, ese animal dormido. Poema V
Este azul estar de mutuo acuerdo
tan endecasílabo al comienzo
tan oloroso a galaxia recién parida…

Alcanzar el sentido: rozar con la yema
de los verbos ese clítoris permanente:
la vida que emerge y responde,
el ombligo tierno de lo perfecto.

Llamo resplandor a lo que lejos
suena tras el aire (esquilas, valle,
cencerros regresando). Llamo rumores
a lo que brilla a mis pies traído
por las olas, llevado de nuevo más allá
de la espuma presente: meteoro diluido.

Veo rocas preñadas de musgo y siento
el sabido calor del diamante en la boca
y en cada una de las articulaciones
del cuerpo con la tierra: rodillas y codos
del hombre burro pensativo en su trono,
bisagras del desconocimiento.

Vuelvo a nombrar el pellejo de las cosas
y no hay respuesta. Tan sólo un amago
de luz retraída en el vertedero
de la conciencia.



 Mundo

Quien te sueña te destruye.
Y lo peor de todo es expresarte
después del sueño.
Quien te ama te crea.
Lo más abrasador y doloroso
es darte a luz después
de hacerte el amor a fuerza
de destruirte amándote.
Mundo, mundo: Triunfo
de tu invierno sobre mi desnudez
aterradora.


Emersión

Desde la sombra tu vientre me habita
cuando conjugamos nuestros cuerpos
hechos carne o fruta palpitante:
sabemos que morir no es un mordisco
dado al aire libre o al vacío.

Morir es sólido. Morir es algo que
apretamos con los dientes del miedo
hasta no poder más. Entonces
tragamos ese trozo de angustia.
Y nos besamos para enjuagar
nuestras bocas más y más cansadas.

 
*La destrucción o amor en las negras arenas
El toro: ¡Atroz sentencia!
Ayer el aire, el sol; hoy, el verdugo...
¿Qué peor que este martirio?

El buey: La impotencia.
El toro: ¿Y qué más negro que la muerte?
El buey: ¡El yugo!

(Rubén Darío. Gesta del coso)



El toro sueña: extensiones de hierba y azules
abiertos, aires rasgados donde habita el ojo
entreabierto en la serena escarcha que se funde
hacia un rocío perfumado de arenas frías.
El toro sueña un destino, reconoce músicas
redondas en la nefasta hora del sol nítido.
El hondo amor existe secreto en la embestida
libre en la amplitud sin memoria en el beso o trance
de la herida que el amor comunica. Existe.

El toro en su roja verdad de tierra respira
polvo de eras remotas. Busca el laberinto
sin entrada y sin centro donde mitigar su sed
de antiguas aguas que reflejaron lunas primeras.
La encina calla en su miedo centenario: clava
las raíces ciegas en su propia sombra muda.
La encina está en el sueño inmemorial del toro
como piedra en silencio que no espera una mano.
La bestia es también cuerpo suave, un cúmulo
abultando sangre cada vez más ofrecida:
se marca el odio en forma de músculo legítimo,
en forma de futura querencia, fiebre que brilla
en la mirada rota que implora ya una muerte.

El toro todavía sueña: poder helado
entre sus cuernos no implorantes, poder bruñido
en las hectáreas irreductibles de la soledad,
en la herencia redentora del bisonte hundido,
en la madre o cielo donde el llanto habita.


Y he aquí el hombre con su rostro presente:
la voluntad, que conoce el sabor de los labios
de la muerte, la que jamás tiembla y no germina
porque le basta haber nacido de una vez, por todas.
El hombre sabe de barcos que desean llegar
a un fondo de arenas finas, desean que el mar
inunde súbito sus entrañas con las aguas
del beso azulmente profundo, negro, pujante.
El hombre conoce de memoria cada nombre
del toro, todos sus altos silencios de bestia,
los bramidos desnudos que en el cielo se entierran
para surgir en sola flor de miedo y astillas.

El hombre ensaya su danza o vida sin regreso:
puños apretados son la mirada del toro
encarado a un sueño que hiere y huye, hiere
y esquiva la avalancha bruta de mil sangres
mutuas, sangres desdobladamente resentidas.
Así. No más que amor que se bate; desencuentro
en la figura del hombre que desea heridas.
Es más. El metal. El frío estoque: reverencia
del buitre inmenso en el tendido de sombra.
Toro y hombre cumplen, se acarician, cada uno
en su aire o compromiso de muerte burlada.
Los dioses legislan desnudos tras la barrera:
abren espacio al rito, saben que las arenas
entienden de sangre generosa, revelada
sangre que fuera del ruedo pierde su sentido:

En la otra vida, allá en las calles asfaltadas,
donde nuestra mentira redacta sus memorias,
donde gobierna un orden de atascadas arterias,
donde el crimen es siempre perfecto, siempre daga
rigurosamente cierta, limpia y registrada,
allí no existe sacrificio, ofrenda, magia,
ni inmolación a plena luz de las sombras bravas.
El toro nunca estuvo en la ciudad del gusano.
No conoce los civilizados mataderos
donde el asta es de bandera y la espada gira
sin piedad segando espigas como manos, manos
como gritos a cinco voces, gritos de dique:
odres ocultos donde se pudren las miradas.
Toro y hombre. Testuz mirante: amor abierto.
Atavismo de la muerte innata que ya besa,
ya se hinca, ya traza su círculo menguante.
Toda la dureza se aprieta en las yugulares
remedando cachorros de dragones, delfines
tibios que se hacen impaciencia en las pezuñas.
Pues no hay en esta región esperanza alguna
de eternidad, arremete el instante detenido,
en seco, como planeta mirándose el hombro.

El hombre presiente un pecho abierto en el suyo:
se tienta y entiende sus luces, se da la vuelta
mostrándole la espalda al mundo amenazante.
Siente en la nuca un aliento vertical. Pureza:
sueño de aguas vertidas en un sueño de aguas
vertidas y esperando una llamada. Desborde
que de raíz remueve columnas, centros, vidas.
El hombre es en este lance más desafío,
más ofrecido a lo que descolla, llega, entra,
se declara, se define, funda ritmo, arde
para ser carne nunca arrepentida, para ser
finito pero sagrado, quimera del amor
que como bicho reta, mata, deviene y sufre.

En la ciudad, de tanto no saber, entrecierran
las palabras, escupen con la mayor dignidad
y ausencia, respiran metros cúbicos, padecen
de oscuras migrañas sin aurora y sin consuelo.
La humanidad descansa, no sueña, crucifica
para tener algo que colgar sobre la cama.
Queman con cigarrillos las plantas de los pies
de niños arrojados por las ventanas, niños
que caen del quinto piso del vientre de sus madres
y revientan sobre el asfalto blanco de calles
trazadas por los urbanistas predicadores
de una nueva vida sin el hombre, sin el toro,
sin excesivos gestos gratuitos, sin arenas
más allá de las felices playas donde el beso
se ofrece con pensión completa, aliento fresco,
puñalada trapera que no interrumpe el amor
de vacaciones, la seca muerte siempre enferma.
El toro sueña. La humanidad descansa, tiende
sus cuerpos insulsos al sol inerte de la ciencia.