Hugo Mujica






 
Derrota

   Derrota: triunfo imperceptible de haberlo perdido todo. 

   Corona de intemperies, arenas preciosas, tesoro sin 
dueño enterrado en los destierros.

   La tierra es tierra de nadie (los conquistadores sobran),
abandonada florece. Destierro es destierro de arenas: arena 
de nadie que a nadie retiene, arena de paso (no de siembra)
donde el exilio se ampara, donde nadie reina y cada uno es
cada monje. 

   Jardín de semejanzas: arena de nadie.
   Afuera, donde todo entra, corona de intemperies: don 
de la conquista de haberlo perdido todo. 



Embozo

   La escritura es sombra de la transparencia que transparenta sombras; es lo escrito en lo callado: lo escondido en la semejanza. Es mostrarse en un espejo que va cayendo, que mientras cae muestra inmóvil lo reflejado. 



Monólogos de un diálogo

I

   Tú hablas. Yo callo: digo un desierto a medida del infinito
humano. Nos digo partidos por la mitad del otro. 

   - La página en blanco no busca ser escrita, pide ser 
leída -

   Dices, y callas: nosotros.


II

   Habla, busca decirse para ser dicho por los otros, 
busca que los otros lo hagan semejante a él.

   Habla de prisa para no terminar de hablar (para no 
saberse)

   Callan, se desbarrancan, se abrazan. Miedo contra
miedo: semejantes.


III

   Dice que es sorpresa (no espanto).
   Dice siempre lo que no puede decir, lo que todos dicen
para no decir muerte. 

   Sonríe, saluda, todos saludan: mueren. 
   (Sin desesperar, sin haber esperado). 



Encuentro

   Una perra me mira, hedionda y llagada; me mira fijo
pero sin fijeza. Me mira con ojos que no se parecen más que
a eso, a la mirada de una perra hedionda y llagada, a un pedido, 
o que tal vez, sólo se asemeje a lo otro: a los ojos
que ella mira.



Identidad

   Un cuarto desnudo, o despojado hasta el extremo
sería más correcto: apenas la cama de hierro sobre la que  yazgo
desnudo. 

   Me ataron las manos en la espalda, con los dedos entrelazados
(como si rezara hacia atrás); los tobillos  -con sogas- los sujetaron
a los barrotes de la cama; arrancaron todas mis ropas 
y me cubrieron de arena.

   Me dejaron allí. 

   Puedo levantar el pecho, pero dejé de hacerlo porque no hay 
ni ventanas ni espejos. No me amordazaron, eso no, 
tampoco nunca nadie vino a mojarme los labios. 

   Es de creer que, con el tiempo, el óxido terminará por
comerse la soga, entonces podré mover los pies, huir no, 
porque no hay puertas. (Sólo otros cuartos con otras camas, 
cada una con su montículo de arena, cada uno con su latido.)

   A veces hablo. 

   De tanto en tanto me digo mi nombre.




de PARAÍSO VACÍO; 1992