Mary Oliver











OJOS BLANCOS


En invierno

todo el canto está

en las copas de los árboles

donde el pájaro-viento



con sus ojos blancos

presiona y empuja

entre las ramas.

Como cualquiera de nosotros



quiere dormir,

pero está inquieto

tiene una idea,

que de a poco se desarrolla



por debajo de sus alas batientes

mientras esté despierto

Pero su música grande y redonda, después de todo

es demasiado jadeante para durar.



Así que se terminó.

En la punta del pino

arma su nido,

hizo todo lo que pudo.



No sé el nombre del pájaro,

sólo imagino su pico brillante

mientras las nubes—



que ha convocado

desde el norte—

que ha impartido

a ser leves y silenciosas—



se espesan, y comienzan a caer

con el mundo por debajo

como estrellas, o plumas

de un pájaro inimaginable



que nos ama,

y ahora está despierto, en silencio—

que se ha convertido

en nieve.




EL PESCADO


El primer pescado
que atrapé
no se quedaba tranquilo,
quieto en el balde.
Se movía y boqueaba
en el ardiente
asombro del aire
y murió
en una vertiente muy lenta
de arco iris diminutos. Después
abrí su cuerpo y aparté
la carne de los huesos
y lo comí. Ahora el mar
vive en mí: soy el pez, el pez
brilla en mí; nos
resucitamos, nos enredamos, seguros al caer
de espaldas al mar. Sin dolor
y dolor y más dolor
alimentamos esta trama febril, somos nutridos
por el misterio.





POEMA IMPRUDENTE


Hoy de nuevo soy apenas yo.
Sucede una y otra vez.
Esto es algo que me cayó del cielo.

Me atraviesa
como una ola azul.
Las hojas verdes –podés creerme o no-
emergen una o dos veces
desde la punta de mis dedos

en algún lugar
hondo en el bosque,
en el imprudente ataque de la primavera.

Aunque, claro, también conozco ese otro cantar
de la pasión dulce de la unidad.

Ayer precisamente miraba una hormiga atravesar un camino, entre
las agujas caídas de un pino hacía un gran esfuerzo.
Y pensé: ella no vivirá otra vida excepto ésta.
Y pensé: si ella vive esta vida con toda su fuerza
¿No es inteligente y extraordinaria?
Y seguí hacia la cúspide de la pirámide milagrosa de todo
hasta llegar a mí.

Y sin embargo, incluso en estos bosques del norte, sobre estas colinas de arena,
he volado desde otra ventana de mí
para convertirme en una garza blanca, una ballena azul,
un zorro colorado, un erizo.
Mi cuerpo ya se ha sentido como el cuerpo de una flor!
A veces mi corazón es un loro rojo posado
entre árboles extraños y oscuros, aleteando y chillando.




EL SOL

Has visto alguna vez
en tu vida
algo
más maravilloso

la forma en que el sol,
cada noche,
tranquilo y cómodo,
emerge hacia el horizonte

y cae en las nubes o las colinas,
o en el mar ondulado,
y se va-
y cómo se desliza nuevamente

fuera de la negrura,
cada mañana,
al otro lado del mundo,
como una flor roja

manando a lo alto en sus aceites
celestiales,
como decir, una mañana en el verano que recién comienza,
su distancia imperial perfecta-
y sentiste por algo
un amor tan salvaje-
creés que hay en algún lugar, en algún idioma,
una palabra lo suficientemente intensa
para el placer

que te colma,
como el sol
y te alcanza
en su tibieza

mientras estás ahí,
con las manos vacías-
o también vos
le diste la espalda al mundo-

o también vos
te enloqueciste
por poder,
¿por cosas?


  
OCTUBRE

1
Ahí está esa forma, negra como una cueva.
Un deseo brota desde su garganta
como una flor
cuando respira lentamente.

¿Qué significa el mundo
para vos si no confiás
en su continuo brillo cuando

no estés ahí? Y ahí
hay un árbol caído hace tiempo;
alguna vez las abejas fueron a él, como una procesión
de mensajeros, y lo llenaron
de miel.


2
Le dije al pichoncito cantando su corazón
en el pino verde:

pequeño deslumbrante,
pequeña canción,
pequeño bocado.


3
La forma se eleva del pasto curvado.
Gruñe en frente nuestro. No existe medida
para la confianza en el fondo de sus ojos-
no hay cómo decir
la flexibilidad de sus hombros cuando gira
y bosteza.

Cerca del árbol caído
algo – una hoja se suelta bruscamente
de la rama y aletea descendiendo – me llama
hasta captar mi atención.


4
Me atrae
a su trampa de atención.

Y cuando giro de nuevo, el oso ya se ha ido.


5
Mirá, ¿mi cuerpo no se ha sentido
como el cuerpo de una flor?


6
Mirá, yo quiero amar este mundo
como si fuera la última oportunidad
de estar viva
y conocerlo.


7
A veces, cuando termina el verano, no toco nada, ni
las flores, ni siquiera las moras
en los matorrales; no bebo
del estanque; no nombro pájaros ni árboles;
no murmuro mi propio nombre.

Una mañana
el zorro bajó la colina, brillante y seguro,
y no me vio - y pensé:

esto es el mundo.
No estoy en él.
Eso es hermoso.


  
LA TORTUGA

rompe la azul y negra
piel del agua, arrastrando su caparazón
con sus escamas cubiertas de musgo
a través de aguas apenas profundas, atravesando los juncos
y por sobre las costas, hacia donde la tierra levita,
hacia la arena amarilla
para cavar con sus torpes patas
un nido y acomodarse ahí, volcando
sus blancos huevos por debajo
en la oscuridad, y vos le creés

su paciencia, su fortaleza,
su determinación de completar
la cosa para lo que nació-
y entonces te das cuenta de algo todavía mayor-
ella no considera
eso para lo que nació.
Ella se llena
con un deseo viejo y ciego.
Ni siquiera es suyo pero le llegó
bajo lluvia o en el viento suave,
que es una puerta por donde sigue caminando su vida.

No puede verse
a sí misma fuera del resto del mundo
o el mundo aislado de lo que ella debe hacer
cada primavera.
Subiendo apenas la alta colina,
luminosa bajo la arena con que se ha protegido la piel,
ella no sueña
ella sabe
ella es una parte del lago donde vive,
los árboles son sus hijos,
los pájaros nadan encima suyo
atados a ella por un hilo indestructible.



White-Eyes

In winter
   all the singing is in
      the tops of the trees
         where the wind-bird


with its white eyes
   shoves and pushes
      among the branches.
         Like any of us


he wants to go to sleep,
   but he’s restless—
      he has an idea,
         and slowly it unfolds


from under his beating wings
   as long as he stays awake
      But his big, round music, after all,
         is too breathy to last.


So, it’s over.
   In the pine-crown
      he makes his nest,
         he’s done all he can.


I don’t know the name of this bird,
   I only imagine his glittering beak
         while the clouds—


which he has summoned
   from the north—
      which he has taught
         to be mild, and silent—


thicken, and begin to fall
   into the world below
      like stars, or the feathers
         of some unimaginable bird


that loves us,
   that is asleep now, and silent—
      that has turned itself
         into snow.




The Fish

The first fish

I ever caught
would not lie down
quiet in the pail
but flailed and sucked
at the burning
amazement of the air
and died
in the slow pouring off
of rainbows. Later
I opened his body and separated
the flesh from the bones
and ate him. Now the sea
is in me: I am the fish, the fish
glitters in me; we are
risen, tangled together, certain to fall
back to the sea. Out of pain,
and pain, and more pain
we feed this feverish plot, we are nourished
by the mystery.



Reckless Poem



Today again I am hardly myself.
It happens over and over.
It is heaven-sent.
It flows through me
like the blue wave.
Green leaves — you may believe this or not —
have once or twice
emerged from the tips of my fingers
somewhere
deep in the woods,
in the reckless seizure of spring.
Though, of course, I also know that other song,
the sweet passion of one-ness.
Just yesterday I watched an ant crossing a path, through the
tumbled pine needles she toiled.
And I thought: she will never live another life but this one.
And I thought: if she lives her life with all her strength
is she not wonderful and wise?
And I continued this up the miraculous pyramid of everything
until I came to myself.
And still, even in these northern woods, on these hills of sand,
I have flown from the other window of myself
to become white heron, blue whale,
red fox, hedgehog.
Oh, sometimes already my body has felt like the body of a flower!
Sometimes already my heart is a red parrot, perched
among strange, dark trees, flapping and screaming.




The Sun

Have you ever seen
anything
in your life
more wonderful



than the way the sun,
every evening,
relaxed and easy,
floats toward the horizon



and into the clouds or the hills,
or the rumpled sea,
and is gone--
and how it slides again



out of the blackness,
every morning,
on the other side of the world,
like a red flower



streaming upward on its heavenly oils,
say, on a morning in early summer,
at its perfect imperial distance--
and have you ever felt for anything
such wild love--
do you think there is anywhere, in any language,
a word billowing enough
for the pleasure



that fills you,
as the sun
reaches out,
as it warms you



as you stand there,
empty-handed--
or have you too
turned from this world--



or have you too
gone crazy
for power,
for things?


October

1

There’s this shape, black as the entrance to a cave.
A longing wells up in its throat
like a blossom
as it breathes slowly.

What does the world
mean to you if you can’t trust it
to go on shining when you’re

not there? and there’s
a tree, long-fallen; once
the bees flew to it, like a procession
of messengers, and filled it
with honey.

2

I said to the chickadee, singing his heart out in the
green pine tree:

little dazzler
little song,
little mouthful.

3

The shape climbs up out of the curled grass. It
grunts into view. There is no measure
for the confidence at the bottom of its eyes—
there is no telling
the suppleness of its shoulders as it turns
and yawns.
Near the fallen tree
something—a leaf snapped loose
from the branch and fluttering down—tries to pull me
into its trap of attention.

4

It pulls me
into its trap of attention.

And when I turn again, the bear is gone.

5

Look, hasn’t my body already felt
like the body of a flower?

6

Look, I want to love this world
as thought it’s the last chance I’m ever going to get
to be alive
and know it.

7

Sometimes in late summer I won’t touch anything, not
the flowers, not the blackberries
brimming in the thickets; I won’t drink
from the pond; I won’t name the birds or the trees;
I won’t whisper my own name.

One morning
the fox came down the hill, glittering and confident,
and didn’t see me—and I thought:

so this is the world.
I’m not in it.
It is beautiful.



The Turtle

breaks from the blue-black
skin of the water, dragging her shell
with its mossy scutes
across the shallows and through the rushes
and over the mudflats, to the uprise,
to the yellow sand,
to dig with her ungainly feet
a nest, and hunker there spewing
her white eggs down
into the darkness, and you think

of her patience, her fortitude,
her determination to complete
what she was born to do----
and then you realize a greater thing----
she doesn’t consider
what she was born to do.
She’s only filled
with an old blind wish.
It isn’t even hers but came to her
in the rain or the soft wind
which is a gate through which her life keeps walking.

She can’t see
herself apart from the rest of the world
or the world from what she must do
every spring.
Crawling up the high hill,
luminous under the sand that has packed against her skin,
she doesn’t dream
she knows
she is a part of the pond she lives in,
the tall trees are her children,
the birds that swim above her
are tied to her by an unbreakable string.



(Versiones al castellano por Noelia Palma)