Raquel Graciela Fernández













CHICAS CORRECTAS

A Adriana



Nosotras,

las que también crecimos con Videla;

las que supimos que el silencio es salud

cosiéndole y descosiéndole la boca a las muñecas

a la hora en que la abuela dormía la siesta;

las que fuimos mujeres maravilla, mujeres biónicas,

mujeres desnudas debajo de guardapolvos tableados,

mujeres húmedas, mujeres aburridas;

las que aprendimos a no pisar el césped,

a poner la basura en su lugar,

a cederle el asiento a las embarazadas y a los ancianos,

a descender por la puerta trasera;

las que levantamos la mano cuando queríamos hablar,

cuando queríamos hacer pis,

cuando queríamos llorar a los gritos;

las que cosimos, bordamos,

abrimos algunas puertas y nos tragamos las llaves de otras;

las que acunamos bebés de Yoli Bell,

bebés de ilusión, bebés de verdad;

las que nunca tuvimos sexo con dos hombres a la vez,

o con tres o con cuatro;

las que jamás nos teñimos el pelo de rosa

ni cultivamos una plantita de cannabis en la terraza

queremos saber

en qué nos equivocamos.





CHAU, ALEJANDRA


Chau, Alejandra, chau.

Pájaro de ceniza,

pájaro acariciado por  la ausencia,

pájaro que se vuelve jaula

que se vuelve pájaro,

que se vuelve excusa para seguir muriendo.



Chau, Alejandra, chau.

La fea de la escuela,

la judía, la rusa,  la rara.

La que adornaba su desnudez con palabras.

La que sabía que el mejor poema

era una estrella en la cresta de su sexo,

una prórroga de viento debajo de aquel vestido azul.



Chau, Alejandra, chau.

No te olvides tus máscaras, tus huesos ablandados por las lágrimas,

ese alfabeto de arena que hilvana

el desierto que te escuece la garganta.

No te olvides los gestos inconclusos,

el gato que nunca tuviste,

esa canción de Janis

(ahora, las dos niñas monstruo se están dando la mano,

las dos niñas muertas,
una canta y la otra llora en silencio;

una agita el corazón como si agitara un pañuelo póstumo

y las dos dicen chau, chau, nos vamos,

no somos de este mundo).



Chau, Alejandra, chau.

Chau Flora, chau Buma.

Chau hacedora de todos los jardines.

Chau paridora de animales pequeños,

calientes, eternos,

alimentados con tus jugos secretos,

con tu sangre, tu savia,

con tu saliva somnolienta detenida

en la médula rabiosa del último día.



Chau, Alejandra, chau.

Afuera hay sol porque es primavera.

Adentro hay carencias pudriéndote la boca.

Te vas con todas los barcos naufragados en el cuerpo.

Con todos los muros clavados en el pensamiento.

Vomitando o gritando o gimiendo.

O riéndote de los funerales que te esperan.

Los que lloraste antes de decir chau.

Los que te arropan con sus flores rotas, sus nidos de tierra antigua,

sus gusanos traslúcidos, sus hormigas.


Chau, Alejandra, chau.

Buen viaje. Mal viaje



¿Importa?






AUTORRETRATO II



No tengo las piernas largas

ni la dentadura perfecta.

Sin embargo,

he caminado mucho

y he mordido

manzanas,

animales,

señores,

papeles aburridos.

Y he digerido ausencia,

tragado cascabeles,

vomitado promesas.

No tengo una voz privilegiada,

ni una cintura augusta como un trono.

No se me da bien

lo de inventar palabras

a lo Oliverio.

No entiendo el teorema de Pitágoras

pero me gusta el vocablo hipotenusa:

está llena de gatos,

de ríos,

de claveles,

como caleidoscopio.

A veces me despierto

a mitad de la noche

y le suplico al hombre

que cose mis retazos

con su aguja de tiempo

un encuentro sin lámparas.

A veces supongo que estoy loca.



No tengo la vergüenza de haber sido

ni el dolor de no ser,

quizás porque no fui

y porque sigo siendo

o quizás porque el tango

me deja tan perpleja como a un pájaro

con las alas cortadas

(si la querías tanto,

¿para qué la dejaste?;

yo no dejo jamás lo que quiero:

yo lo mato).



No tengo un ex – amante que me recuerde con afecto.

Mis ex –amantes me odian.

Lo que es justo,

porque yo los odio a ellos.



No tengo la nariz agraciada,

ni el vientre chato,

ni el ombligo invicto.

Ni siquiera tengo veinte años.



Sin embargo

todavía le enlazo con mi sombra

el fuego del verano.

Y redoblo la apuesta de las lágrimas

cuando intuyo

lo rápido que se seca la sangre.





THE BOOK OF MIRRORS

 Me interrogo, cada mañana, en el vértice del espejo.

1

Había una vez un espejo.
No había un hombre,
no había  una mujer.
Ningún jadeo penetraba
 el denso protocolo
de un calculado festín carnal.
Había una vez un espejo.
Un espejo solo.
Abierto.
Como un interrogante.

Caer dentro de un espejo es un ejercicio arduo
que requiere prescindir de cualquier máscara.

2

La sangre aplicada de tu bestia
gesticula desde el otro lado.
El botín inalcanzable
es la sangre.
El cuerpo del deseo es la bestia
El error es la máscara.

Algunos hombres son como espejos
-la niña correcta se equivoca una vez más:
todos los hombres son como espejos-.

3

Y entonces el macho se parte
y vuelan sus semillas
hasta la boca idéntica
que mastica su espasmo.
Una sombra babea,
muy desnuda,
crispándole los ojos.

Cuando el espejo me bebe,  el infinito se acaba en mis temblores
(es como tenderle el cuello a un asesino).

4

Y entonces la hembra expone
la viudez de su garganta
al tajo del cristal que donde se gastan
los pulgares del sueño.
Del otro lado,
las bestias cantan.
Alguien cruza el espejo y cubre mi cuerpo, como una sombra.


5

Las voces que instruyeron

la hoguera primitiva de los muslos

insisten en roer el hueso de la urgencia.

No hay un hombre,

no hay una mujer.

Hay un estallido tendiendo sus redes

en los orificios perturbados de dos cuerpos.

Y algunas mentiras

que  ríen,

como hienas.


Me miro en un espejo de cenizas:
todos los espejos son de ceniza desde que olvidé el rito del fuego.

6

El semen devoto de tu bestia
aúlla desde el otro lado.
La página en blanco
es el semen.
La palabra tullida es la bestia.
El poema cruel es el silencio.

Tu espejo se desangró, desafiando el rigor de la materia.
Consumiste tu vida en un instante. Era la señal.

7

Había una vez un espejo.
Había un hombre.
Había una mujer.
Había una distancia que se medía
en brújulas obscenas.
Había una vez un hombre roto,
con un girasol invertido entre las piernas.
Había una vez una mujer entreabierta,
goteando partículas de luz.
El hombre estaba solo.
La mujer lloraba.

Un sonido acribillado. La noche.
Se bifurcan los caminos del abismo.
La caída es libre dentro de cualquier espejo.

8

¿Y si quebramos todos los espejos?
¿Y si tentamos al luto
con las vértebras calientes de una sábana?
¿Y si clavamos este suicidio ridículo
en la garganta de un pájaro?






DEBAJO DE LA CAMPANA  


“Siempre puedes pensar que fue el tren el que se arrojó a ti.”
Paula Sinos
 
 





 ¿Nunca pensaste en morir?

¿En morirte?

Cortarte y verte gotear

hasta que la luna se ponga roja,

hasta que la saliva, y la orina, y las lágrimas

y todos los jugos de tu maldito cuerpo

se conviertan en motitas de polvo,

de ésas que perturban el decoro de los muebles.


 
Déjame que me muera mientras la vida es para mí un libro.*




Hacer un buen caldo con tus huesos

y alimentar a tus hijos bastardos,

poemas deformes con olor a lluvia

y los pies de barro,

poemas que sólo sirven

para pudrirte la boca.
 

 
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…*



Retorcerte el pescuezo

como a un pollo triste

y arrancarte una a una las plumas

(ya no más rebeliones en la granja,

a la gente

los pollos

le gustan al spiedo

y a vos

ya no te importa

la salsa con la que te sirvan).



Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.*



¿Nunca pensaste en morir?

¿En morirte?

Dar el salto definitivo.

Estrellarte en un túnel parisino

a 200 kilómetros por hora.

Desangrarte frente al Dakota.

Evaporar tu desamparada desnudez

manoteando un teléfono blanco.



Morir es un arte, como cualquier otra cosa.* 



A vos los zapatitos no te aprietan.

A vos lo que te vuelve loca es no poder dormir.

La sed te consume
 
y el agua te da arcadas.
 
Te vendieron todos los buzones
 
y las cartas no llegaron nunca.
 
La vida dejó de ser un milagro
 
y se convirtió en un proceso infeccioso.
 
 
 
Morir no es fácil, no, pero es lo más correcto.*
 
 
 
¿Nunca pensaste en morir?
 
¿En morirte?
 
En un cuartucho en Chelsea,
 
como la más feliz de las putas.
 
En París, con aguacero,
 
o en Buenos Aires,
 
con la garganta llena de niebla.
 
En Las Vegas no estaría mal,
 
aunque ya no te quede nada para apostar.
 
 
 
Mis piernas no responden, y no he amado aún...
 
Tan sólo fui palabras en un mundo de gestos.*
 
 
 

 

PRETTY IN PINK



Todavía no tengo amantes.

Tengo, sí,

un sombrero donde guardo los nombres

de todos los hombres que me quitan el sueño.

Algunos son altos y rubios.

Otros tienen la grosera costumbre

de darme siempre la espalda.

Todavía no tengo amantes pero tengo un vestido rosa

y estoy desnuda debajo del vestido.

Y debajo de mi desnudez están los hombres

que me mojan el sueño.

Podría tener amantes si quisiera.



Todavía no tengo amantes.

Tengo, sí,

un mechón de pelo rubio

para parecerme a Madonna

y un cuerpo dulce como la lengua de las mariposas.

El alfabeto del agua me nombra.

Niña traspasada por el aguijón del alba.

Heredera del sueño de los peces.

Todavía no sé

si quiero escribir poemas o quiero ser feliz.

A veces siento que mi vestido rosa
es una mordaza.



Todavía no tengo amantes.

Es 1986 y yo todavía no tengo amantes.

Tengo un sombrero,

tengo un mechón de pelo rubio,

tengo un vestido rosa.

A veces soy Molly Ringwald.

A veces soy Kim Basinger.

A veces soy mi madre antes de que la vida

le cruzara el rostro con una cicatriz de buenas costumbres.

A veces estoy vestida. A veces, desnuda.

A veces estoy llorando.

Podría tener amantes si quisiera.








“Ev'rybody had a hard year.
Ev'rybody had a good time.
Ev'rybody had a wet dream.
Ev'rybody saw the sunshine.
Oh, yeah. Oh, yeah. Oh, yeah.
Ev'rybody had a good year.
Ev'rybody let their hair down.
Ev'rybody pulled their socks up.
Ev'rybody put their foot down.
Oh, yeah. Oh, yeah. Oh, yeah.”
Lennon – McCartney, “I've got a feeling”*




De pronto y  sin saber

cómo aconteció

semejante calamidad,

estás debajo/ sobre

una pila foránea de hojas de muérdago

tratando de conciliar un verano abrasador

con la idílica postal nevada

que te vendieron los que venden

ilusiones “made in USA”.

Tuviste un año bueno,

tuviste un año malo,

tuviste más años de los que jamás hubieras querido tener

y sos tu madre en el retrato

de la mesa servida,

saciando un ejército de bocas

que jamás dijeron

lo que querías escuchar.

Tuviste tus sueños húmedos,

pero ahora sos tu madre

y el sexo apretado se desperdicia

debajo de tu vestido nuevo.

Se acortaron los sueños

y se alargaron las polleras.



Alguien pide más vitel toné

y vos te preguntás

si de verdad brilló el sol alguna vez,

mientras la noche festiva/ fétida

te cuelga una máscara insulsa

que quizás disuelva la quinta copa de champagne.

O quizás no.

Deberías haberte dejado el pelo largo,

la vida larga,

para seguir siendo la hija de tu madre

y no ser ella

dormida/ despierta

sobre las ruinas del mantel.



En tu puta vida viste un reno

y puede que no lo veas nunca.

No creés en Dios

ni en los viejitos barbados que no fuman

y no extienden la mano
reclamando la limosna del recuerdo.

Pero la ceremonia se repite

diciembre a diciembre,

porque sos tu madre,

tan buena como ella,

tan sola como ella,

con los pies enredados en las guirnaldas

de un estúpido árbol que enciende/ apaga

sus luciérnagas famélicas

“made in Taiwan”

(porque todo es “made in otro lugar”

en este lugar donde estás/ no estás

y en esta hora de rituales baldíos).



El año que viene, no.

El año que viene va a ser distinto.



El año que viene vas a arrastrar tu osamenta

hasta una playa minúscula

donde nadie te quiera vender

el invierno y la alegría.

Y vas a ser vos, mientras tu madre

vegeta en los cajones de la memoria.

Y si se trata de vivir, vas a vivir.

Y si se trata de morir, vas a morir.

Tu propia vida, tu propia muerte.

Lejos del vitel toné y los manteles tribales.

Estrenando colmillos,

estrenado latidos.

Y sin números rojos que delaten

que alguien

-vos, él, ella-

todavía te está debiendo algo.