Henry Miller - EL MUNDO DEL SEXO





Para comenzar, era como si yo hubiera salido de un profundo éxtasis. Y, como aquel vetusto personaje, me hallé en el vientre de una ballena. El color que bañaba mi retina era un gris cálido. Todo cuanto tocaba me producía una sensación de delicia, semejante a la que debe experimentar el cirujano cuando penetra en nuestras entrañas calientes. El clima era templado, y tendía más hacia la tibieza que hacia la frescura. Era una atmósferatípicamente uterina provista de todas las comodidades babilonianas necesarias al hombre vicioso. Como había nacido supercivilizado, me sentía allí cabalmente a mis anchas. Para mi sensibilidad ultradelicada todo me resultaba allí familiar y agradable. Tenía la certeza de contar con mi café negro, mis bebidas alcohólicas, mis cigarrillos habanos, mi bata de seda y todas las otras cosas que le son indispensables al hombre refinado. No más sombría lucha por la existencia, no más problemas de pan, no más complejos sociales o psicológicos que debían ser superados. Era un ser del todo emancipado desde el comienzo. Cuando no tenía mejor cosa que hacer, enviaba a buscar el diario vespertino y, después de echar un vistazo a los titulares, podía devorar diligentemente los anuncios, los chismes sociales, las noticias teatrales, y así sucesivamente, hasta llegar al récitatif funerario.
Por alguna extraña razón la fauna y la flora de aquel dominio uterino me inspiraban un interés anormal. Miraba en torno con los ojos fríos, vidriosos, del hombre de ciencia. (Me califiqué de "ensimismado disecador de hierbas".) Entre aquellos repliegues laberínticos descubrí innumerables maravillas... Y ahora debo entrar en materia, puesto que todo esto ha servido sólo como un recordatorio, debo hablar de la primera vagina que examiné.
Por entonces tenía cinco o seis años y el hecho tuvo lugar en un sótano. La imagen que, transcurrido el tiempo debido, quedó cristalizada en la forma de una incongruencia, la rotulé "el hombre de la máscara de hierro". Hace pocos años, al pasar las páginas de un libro que contenía reproducciones de máscaras primitivas, di con una máscara con forma de vientre, la cual, cuando uno alzaba la visera, dejaba ver la cabeza de un hombre adulto. Acaso la conmoción sufrida al ver aquella cabeza de un hombre atisbando desde el vientre fue la primera respuesta auténtica que se me dio a la pregunta que inconscientemente formulara en aquel lejano instante en que por primera vez había mirado seriamente una vagina. (Como se recordará, en Trópico de Cáncer, retraté a un compañero mío que jamás se liberó de esta obsesión. Creo que aún continúa escudriñando una vagina tras otra a fin, según él dice, de develar el misterio allí encerrado.)
Contemplaba yo un mundo desprovisto de vello. La misma ausencia de vello, ahora pienso, estimulaba la imaginación, ayudaba a poblar la árida región que rodeaba el lugar del misterio. Nuestro interés se concentraba menos en lo que había dentro que en la futura decoración vegetal que, como imaginábamos, embellecería un día la extraña tierra baldía. 
(...)
Por más apegado que yo estuviera a una "vagina" siempre me inspiraba mayor interés la persona que la poseía. Una vagina no vive una existencia separada, independiente. Nada vive así. Todo está interrelacionado. Quizás la vagina, por fragante que sea, constituya uno de los símbolos primarios para hacer una conexión entre todas las cosas. Entrar en la vida por el camino de la vagina es entrar por un camino tan bueno como cualquier otro. Si uno entra en ella bastante profundamente y permanece allí el tiempo necesario, encontrará lo que busca. Pero uno ha de entrar con alma y corazón... dejando afuera sus bártulos. (Por bártulos entiendo los miedos, prejuicios, supersticiones.)
La prostituta sabe de esto perfectamente. Por eso, cuando se le muestra un poco de bondad, está dispuesta a dar el alma. Cuando toman una prostituta, la mayor parte de los hombres ni siquiera se preocupan por quitarse el sombrero y la chaqueta, hablando figuradamente. No es de extrañar que reciban tan poco a cambio de su dinero. Si se la trata bien, una prostituta puede ser la más generosa de las criaturas. Su único deseo es poder dar no ya su cuerpo, sino poder darse toda entera.

Henry Miller - EL MUNDO DEL SEXO. Fragmento