Anne Michaels - tres poemas



Anne Michaels



EL PESO DE LAS NARANJAS

Ahora me hospedo en huertos de coles de categoría...
No dormir mucho bajo techos extranjeros con mi vida a lo lejos...
Osip Mandelstam

Mi taza es del mismo color arena del pan.
La lluvia del color de un edificio al otro lado de la calle
ha arrasado las dalias rojas
y arruinado un libro que esaba sobre el alféizar.

La lluvia articula la piel de cada cosa,
el color encarnado que toman los ladrillos del fuego en que se cocieron,
el verde lagarto de las hojas,
los pliegues de lengua en el cono de los pinos.
es porecisa de un modo que nunca lo somos nosotros,
saca a relucir lo mejor de las cosas
sin cambiar nada.
La lluvia que humedece las camas,
nuestra habitación una cueva por la mañana,
una tienda de campaña al atardecer,
enciende el ruido de las hojas que echamos de menos todo el invierno.
El ruido que nos empujaba a la cama...
recogidos por la resaca del viento sobre hojas mojadas.

Estoy escribiendo ahora desde el sonido que nos despertaba,
la respiración de las cortinas en una habitación en penumbra.

Me levanto pronto, paseo.
Recuerdo nuestros paseos, horizontes como labios
apenas enrojecidos al amanecer,
qué benigna parecía la lejanía.

Las cartas deberían escribirse para contar novedades, para decir
cuéntame algo nuevo, para decir
vete a buscarme a la estación de tren.
No estas lágrimas secas para honrarnos como a una tumba.
Me avergüenza nuestra separación.
Despierto en mitad de la noche y veo "vergüenza"
escrito en el aire como en los relatos de la Biblia.
Soñé que tenía la piel tatuada,
revestida de las palabas que me metieron aquí,
revestida de llagas, en cuarentena, ¿y sabes qué?
tenía miedo de encender la lámpara y mirar.

Tu marido es un buen constructor, incendié
cada casa que tuvimos, unas pocas palabras para iniciar las llamas.
Palabras de madera,
que no tenían fuerza por sí mismas.
"La categoría" les otorgó senido
y humildes con gratitud
estallaron en mi rostro.

Ahora somos complanetas, sosteniéndonos el uno al otro
a gran distancia. Cuando nos acostábamos juntos
los océanos distendían sus músculos verdes,
la vida se atareaba en el otro hemisferio,
el globo se inclinaba, saludando nuestra energía.
Ahora estamos a cientos de millas el uno del otro,
a solas con nuestros cortos brazos,
nadie oye lo que hay en mi cabeza.
Me veo viejo. Estoy perdiendo pelo.
¿Dónde va a parar el pelo que se cae,
la vista perdida, los dientes caídos?
Nos hacemos viejos como los ríos, nos encogemos y doblamos
hasta que no podemos encontrar la desembocadura de nada.

Es marzo, incluso los pájaros
no saben qué hacer con ellos mismos.

A veces estoy seguro de que los que sonfelices
saben una cosa más que nosotros... o una cosa menos.
El único libro que escribiría otra vez
es el de nuestros cuerpos estrechándose.
Ése es el lenguaje que te conmociona,
te deja una cicatriz, respira dentro.
Desnudos, tuvimos voz.

Quiero que me prometas
que nos veremos de nuevo,
dímelo por carta.
Prométeme que nos perderemos juntos
en nuestro bosque, pálidas varas nuestras piernas.

Oigo ahora tu voz -sé,
todo el mundo sabe que las promesas surgen del miedo.
La gente no vive el pasado de los demás,
tú estás siempre aquí conmigo. A veces
finjo que estás en la otra habitación
hasta que llueve... y luego
ésta es la carta que siempre escribo:
La carta que escribo
porque no me dejan ir a casa.
Huelo tu cena humeando en la cocina.
Hay bolsas de papel sobre la mesa
con el fondo ablandado
por la lluvia y el peso de las naranjas. 


PROFUNDIDA DE CAMPO

"La cámara nos libera del peso de la memoria...
registra para olvidar"
John Berger

Ya nos hemos contado una y otra vez la historia de nuestras vidas
cuando por fin llegamos a Duffalo.
Sale un sol difuso y prehistórico
sobre las cataratas.

Una mañana blanca,
el sol salpica de pintura el parabrisas.
Conduces, fumas, llevas gafas de sol.

Rochester, Capital de la Fotografía de América.
Apagando un puro en la tapa de la cajuta de un rollo,
el agente de segurdad de Kodak nos indica el camino.
El museo es una mansión en gran angular.
Desde el césped de la entrada miras las ventanas del segundo piso,
transformas mentalemnte cuartos de baño en cuartos oscuros.

Un millar de fotos después,
agotados de adivinar el movimiento
invisible de la mente que eligió el encuadre de cada foto,
echamos la siesta en el parking de un instituto
mientras el sol se reclina como los árboles
sobre el capó caldeado del coche.

Volvemos a casa. La luna tan grande y cercana
que manchó el parabrisas dibujándole un bigote.

Te hago cosquillas en el cuello para mantenerte despierto.
No recuero nada de nuestras vidas anterior a esta mañana.

Salimos de la ciudad de noche y regresamos de noche.
Compramos frutos secos y flotamos tranquilamente por el vecindario,

árboles frondosos que se levan en la exuberante oscuridad
o a la íntima luz de las farolas.
Es verano y el aire de la noche se carga de nuestros olores,
aguijoneado por la fragancia verde de los jardines.

El calor no se irá del pavimento
hasta que sea casi de día.

Te amé todo el día.
Tomamos la vieja y familiar Autopista del Encuentro,
comenzamos el largo viaje del uno al otro
como a nuestra ciudad con todas sus luces encendidas.


FLORES

Hay otra piel dentro de mi piel
que se ajusta a tu tacto como un lago a la luz;
que desliza su memoria, su lenguaje perdido
dentro de tu lengua,
borrándome para hacerme de nuevo.

Justo cuando el cuerpo cree saber
los caminos para conocerse a sí mismo,
esta segunda piel sigue buscando sus respuestas.

En la calle -las sillas de los cafés abandonadas
en las terrazas, los puestos del mercado vaciados
de su viva luz,
aunque el pavimento todavía respire
uvas y melocotones-
como la luz de todo lo que crece
en la tierra recién removida,
cada partícula de mí se ajusta a tu tacto,
el viento envolviéndonos las piernas en mi vestido,
tu camisa deshaciéndose en flores por mis manos.




Anne Michaels
en El peso de las naranjas y Miner´s pond.
Bartleby Editores.

Traducción de Jaume Priede