Antonio Gamoneda






UN ÁNGEL GÓTICO 

Inmóvil, claramente 
inhumano en la 
pura catedral 
vive un ángel. 
Un ángel no tiene ojos. 
Un ángel no tiene sangre. 
Él no vive en la vida, él no vive 
en la muerte, él está 
vivo en la belleza. 


AQUELLOS CÁLICES 

¿Quién habla aún al corazón abrasado cuando la cobardía 
ha puesto nombre a todas las cosas? 
Silba el adverbio del pasado. El cobre silba en huesos 
juveniles, pero es el día del invierno. Alguien 
prepara grandes sábanas 
y restablece la oquedad. Sólo hay sustancia en ti, 
sustancia azul de desaparecidos. 
Aquellos gritos. Y las banderas sobre nosotros. 
Ah las banderas. Y los balcones incesantes: hierros 
entre la luz, hierros más altos que la melancolía, 
nuestro alimento. 
Cae 
la máscara de Dios: no había rostro. 
¿Quién habla aún al corazón amarillo? 


SOBRE LA CALCIFICACIÓN DE LAS SEMILLAS 

Sobre la calcificación de las semillas, ante las flores abrasadas, 
en la desaparición del pensamiento, 
tejen la yerba manos invisibles. Temo su pureza. Veo 
lana sangrienta y, en los alimentos, grasa mortal, cánulas negras y, 
bajo ramas inmóviles, cuerdas y sombras y preservativos. 
¿Soy yo quien mira con mis ojos? 
Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo 
los árboles torturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos 
y serpientes y aceites industriales bajo los lóbulos de las amapolas. 
¿Estoy yo en mí y peso sobre la tierra? Es extraño. 
En cualquier caso, tengo miedo: los insectos vienen a mi corazón.