Jotaele Andrade



*



En toda catástrofe hay un milagro

mientras cepillaba mis últimos dientes
y muelas

la podredumbre de las caries y de los besos muertos
y las palabras
de amor que no diré nunca
y las otras
enraizadas a lo indecible

y la noche afuera era un niño
frío
y caído entre las cosas

un cabello sobresalía
colgado de otro cabello

es lenta la calvicie
me dije

y lento
irse cayendo
entre muelas
cabellos
fatigas
cotidianidades

tomé la hebra
frágil
quebradiza

qué modo de irse despojando
de uno
pensé

mientras lo dejaba caer sobre la blancura del lavabo

fue bajando con una velocidad
asombrosa
hacia el mármol

una hebra negra y curvada sobre sí misma
cayendo verticalmente
una parte de mí yéndose a estrellar

cayendo
como un bólido
hacia un blanco estruendoso

y deteniéndose
de un modo abrupto
a unos milímetros del lavabo

podría referir
las conjeturas
la búsqueda de razones para semejante espectáculo

pero mi corazón gozaba
de ver
aquel cabello
flotando
como si hilos invisibles
lo sostuvieran

oh misterio
oh dicha de estos oscuros sucesos

para que el poeta diga que en toda catástrofe hay un milagro

(Inédito)



Un aguilucho lleva una rata entre sus garras

qué hondo el día luego de la lluvia

cómo se estruja la vida en esta hora

qué tímido es el horario de las flores

de tal modo el agua ha cavado el cuenco de la tarde
que el sol
entristece en el fondo de las cosas

y clava
el desasosiego
su flecha
en nuestra carne
y en la carne frutal de cuanto tiembla
porque se ha dado al escándalo memorioso
de habitarse

¿quiénes somos
en esta materia
en este goce obsceno de existir?

¿qué ha golpeado el pedernal para que saltara
la vida
en su chispa temblorosa
y haya sido
el sapo
y la oruga
la orquídea
y la salamandra
y tu cuerpo
aterido con mi amor y mi desvelo?


repaso las piedras que he juntado
a lo largo de mis días

la pobre lumbre que he sido a través
de tantas manos enloquecidas

y encuentro este modesto tesoro de mí mismo:

un aguilucho lleva una rata entre sus garras
arrancada de los escombros de mi vida

(Inédito)



Un acto noble

yo no quise estar en esta casa
no quise despertar
ni dormir entre las tetas del tedio y del espanto

y si usé mi fuerza para doblegar lo dócil
si admití el crimen y al espantapájaros
no tengo modo de excusarme

soy débil y soy triste
y algo me persigue
un metal sombrío
de cadenas o pavor
algo amargo y curvo
como labios vejados
o la tensa redondez de los cadáveres

¿para qué querría este misterio inútil?
¿para qué esta lánguida maravilla
de peces y de insectos?

¿para qué estas manos que recuentan la noche
como una reliquia inabarcable?

soy pobre y soy solo
lo mismo que cada uno

soy una pulga
en el perro concepto de dios

y para mi madre
¡quién sabe!

ella tampoco habrá querido asistir
a esta asamblea
unánime

ella debería haber muerto
o ser estéril
o abjurado de sus padres

feliz del idiota cuyo sueño no se interrumpe
en el largo alarido de los días
albricias por quien se regodea
en los intestinos del señor

yo no podría sacrificar un becerro
en lugar de un hijo

soy débil ante todo lo débil
soy un metal que tiembla
inútil como la vida misma

yo no quise habitar en esta casa
y sin embargo no he podido derribarla

y escribo sobre sus muros
sobre mi propia carne digo que muero

y quizás es mi único acto noble
no olvidarme esas cosas



El prodigio desgastándose

su áspero pie
adelanta
aquello que nos gasta

qué enorme
ese misterio

la resecante sed
sobre la vida

la grupa oscura que galopa tras el sol
sucesivo
de los días

hemos amado la larga estadía en el gozo
confuso
del verano

la armonía coral con las hermanas presencias
del ave
y el lagarto
y el simple hongo

ser
acaso
bestias furibundas entrando a la alegría

han sido nuestras
-cómo dudarlo
las brillantes perlas que fugan golpeadas por las aguas
de la ronda lunar
y las ramas oscilantes del ensueño

la estridencia irregular de pájaros
y truenos

ha sido asombroso convencer a las maderas
y los metales
de la música


eso es ahora lo que se desgasta
-y arroja polvo
-y cenizas


como amapolas tajeadas por el viento
se desgarran nuestros corazones

(Inédito)



El oficio de zumbar

¿indagar todavía
en la sustancia
inestimable
de los muertos
en su desnudez ya sin vergüenza
en su vacío atestado de pelos y de dientes?

¿comprender el turbio pelaje
de la rata
la homogénea multitud
de hormigas y de sombras?

¿y decir entonces?

¿y hasta dónde lengua mía
rosa de afilado metal
hija del amor y el caos?

¿detenerme en el consuelo
agridulce
de mi amor por ella
en la devoción de amar lo que sin cesar huye?

¿quién dijo de mí:
“tu dirás”?

“he aquí un mundo para tu mirada

y lo esquivo
y lo que permanece y es inexplicable”

“he ahí la xilotita
para que trabajes el metal común
del tedio

y el barco y la tormenta
para que ames la tierra
como un árbol”

ah indagar la vida que se arquea en el gusano
las innumerables patitas del instante
donde un polluelo nace
un niño
la muertevida

¿cantar entonces
lengua mía
hijastra alucinada
croante desgarrada por cuánto tiembla y vive
como yo?

¿y encontrar qué?
¿sostener qué misterio o desperdicio?

oh sí
el amor

pero ya he pagado esa rosa con la araña adentro

oh sí
el ingenio humano
y los barbitúricos para olvidar la bomba de neutrones

aquello que nos conmueve
nos hace nacer otra vez

el mismo dolor de ser parido
la misma desnudez
el mismo dado arrojado a la niebla de los días

yo soy un dios
relleno de órganos y pánico
y mi poder consiste en zumbar
como una mosca
en derredor de aquello que se pudre

One Response to “Jotaele Andrade ”

Anónimo dijo...

'Ha sido asombroso convencer a las maderas y los metales de la música'