Temas de autor, Osvaldo Lamborghini.


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19 de agosto, 1980

Es evidente y no triste que no hay cero, cero regulador ni manera saludable de parar la mano. El seguir sigue al sigue y el proseguir, capítulo aparte, linda crasamente con la técnica.
Muy bien, conozco la técnica –prosigamos- y no es motivo para envanecerse eso, conocerla. Lleva al final por sus propios medios y uno, el por fin finalizado, igual queda al margen: podría “medir” (algo: algo hay para medir, siempre) pero ya no tiene ganas. Mira, nomás. En vez de decir escucha –ya aprendió- dice mira. Ecos de techumbre y reciedumbre mira. Escucha el cuerpo, porque la verdad es que no quisiera mirar. El cuerpo como un lazo, pero enrollado en la propia mano, casi al alba, como preparando una celada: para comprobar que el dicho es cierto, que no por mucho madrugar (aunque falsa la segunda parte del refrán, la conclusión). No, ninguna gana de medir. Lo único que quiere o querría o quisiera, aunque sin atreverse jamás a confesárselo, sería. Es volver a empezar. Sería, es volver a empezar.

Algún toque de belleza, aquí o allá. A esta altura (escribir mal) ya no es posible dudar de mi inteligencia, de mi honestidad, de mis aptitudes, de mi vocación. Solamente me falta morir, y claro: se trata de una falta grave. La arreglo a mi manera, en mi estilo. Con el hecho del hacer ciertas muecas que crujan y entredigan la fe y hagan pensar, en el mal, en el peor sentido, que sólo se trataba de eso: una cuestión de fe, un alpiste de nada sobredeterminado para inmiscuirse en la verdadera cadena, esa que sabe que el saber no sabe y lo dice, pero sabe de todos modos (tal vez: escribir peor). Ruda ocasión, en fin. A mí mismo, la risa puede helárseme en la comisura de los labios, o en las arrugas ya en torno de los ojos, en cualquier momento. Pasarse de vivo, por ejemplo, precisamente cuando en el no morir residía la falta grave. Conozco el paño, conozco a mis compadres (¿sé lo que digo? no), sé a qué atenerme. La risa también va helándose en los pies helados, en el escalofrío de los sueños que no querrían soñarse, en lugares de los que huye alocadamente –es la palabra-, y de pronto, la pigmentación. Aquí podría pedir un poco de atención, pero sería reanudar: la atención, de la desconfianza una de las máscaras –más tenues: ya se desenvainó para el corte sano. Cuidado, cuidado que entienden. Pero después de la mueca maula, de ese pasto derrame prematuro (intersección, mutialidad del odio) que nunca obra ni queda impune, viene el anhelado doble filo. El doble filo, sí, con este talento de bisturí que brota así del propio cuerpo y lo exangua. Pero también va y corta, corta yugular por yugular, y así. Así la matanza en el hielo y el parto frigorífico, y así la risa. La más abierta de las bocas silenciosas. Acorralada. El gato encerrado ¿es feliz?
Hazme reír, agujero. Hazme reír.



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Mi tema es la matanza
es claro: la matanza,
y no importa
nada y para nada
a qué muerte me refiero
ni de qué
muertos hablo, menos aún
si la guerra como efecto de la matanza
o a la inversa (estas minucias,
no tengo tiempo).
Pienso en mi mirada.
En qué campo de batalla nacieron mis ojos
y allí se entrenaron,
para ver así,
y  mirar de otro modo.
como si hubiera modos.
mentira es la palabra.
La palabra mentira,
¿por qué nos enredamos?



Osvaldo Lamborghini, Poemas 1969-1985. 
Edición a cargo de César Aira. 

Literatura Mondadori, 2012